No deja de resultar curiosa, hasta intrigante, la inocencia del personal a la hora de confiar en cualquier aplicación informática gratuita ofrecida sobre todo a través de los dispositivos móviles, ya sea adjunta a una compra, objeto o aparato electrónico o como fin en sí misma.
Publicitadas con el mínimo de recursos. Ya no son necesarios modernos departamentos de márquetin y sus gastos en personal especializado, en estudios de mercado o en la confección de encuestas y evaluaciones de una posible clientela, además del diseño y la creación de propuestas más o menos atrevidas, rompedoras o incluso inteligentes. Ahora basta con una cara joven, pero tampoco hace falta que sea bonita, o que sonría. Las mujeres siguen siendo el mejor cebo, tanto por el atractivo que inevitablemente suman para ellos como por la íntima y cordial confianza que fomentan entre ellas. Basta con un pequeño discurso ante la cámara, mejor o peor dicho, sobre un fondo intrascendente o directamente anodino, sin alardes, con un lenguaje normalito -el de la gente corriente-, que no parezca elaborado y así sonar más convincente al crédulo consumidor a quien va dirigido.
Sin embargo, detrás de todo ello se puede oler una IA que jamás se muestra, dispuesta a la extracción de todo tipo de datos con los que conformar listas interminables filtradas y catalogadas por un ejército de menesterosos informáticos que invierten miles de horas frente a sus propios ordenadores dispersos por lugares casi desconocidos de África o Asia. Listas luego vendidas al mejor postor por cantidades con las que no solemos tropezarnos los mortales y corrientes. Esas son las verdaderas encuestas, realizadas en tiempo real sin el consentimiento de los encuestados, solícitos a la hora de contribuir haciendo lo que normalmente hacen. Millones de datos personales convertidos en registros con los que confeccionar futuras aplicaciones que, entonces sí, probablemente ya no sean gratuitas. Todo ello al margen del uso que hagan de aquellos las empresas y poderosos propietarios de las IIAA a la hora de crear nuevos modelos, inventos, objetos de consumo u otras “herramientas” mucho más especializadas con las que implementar una exhaustiva minería de datos que no cesa de alimentar a una IA insaciable.
Se trata de digitalizar absolutamente todo, el día a día, mejor, el minuto a minuto de millones de voluntarios, desde la cama o la cocina a los lugares por donde pasean, o a los que viajan; los escaparates, las constantes vitales -hasta los mismísimos sueños-, las conversaciones más íntimas, con quién, el día y la hora, los temas y las alegrías o afecciones más molestas y reincidentes convenientemente monitorizadas en cuanto a frecuencias y regularidades. Vidas en directo transformadas de inmediato en datos que el usuario aporta gustosamente, sin que le preocupe dónde van o quién los revisa y acumula, sin aparente maldad por su parte, con una inocencia que roza la estupidez y una falta de atención e interés por su propia vida y la de los suyos que, para su desgracia, lo atarán de forma permanente a unos modos de vida, de hablar, comportarse y sobre todo pensar ligados a unos modelos de consumo sobre los que, a pesar de seguir siendo el indispensable soporte vital que los pone en juego, ya nunca podrá decir que son suyos y hace tiempo que dejó de tener la última palabra -lo que en última instancia seguirá creyendo. Hasta puede que sea expulsado de ellos porque ha dejado de ser rentable.
Y todo ello libre de impuestos, porque los enormes beneficios que tales ingenios suponen, millonarios para sus dueños y calderilla para el dependiente cautivo que, por ejemplo, se siente pletórico porque gana en la enésima versión del mismo juego de mierda o vende un aplique arrumbado en un rincón hace la tira de años, no aparecen por ningún lado.
En general y como decía al principio, me sorprende la mansa inocencia o ingenuidad, también simpleza, de tanta gente “disfrutando” de infinidad de aplicaciones informáticas que nada le aportan a sus exprimidas y vigiladas vidas, todo lo contrario. Y me repito la pregunta, qué hay detrás de ese permanente huir hacia adelante, de no pensar, de evitar detenerte y preguntarte qué estás haciendo o para qué. Si aquello mejora tu vida de algún modo.