Aplicaciones

No deja de resultar curiosa, hasta intrigante, la inocencia del personal a la hora de confiar en cualquier aplicación informática gratuita ofrecida sobre todo a través de los dispositivos móviles, ya sea adjunta a una compra, objeto o aparato electrónico o como fin en sí misma.

Publicitadas con el mínimo de recursos. Ya no son necesarios modernos departamentos de márquetin y sus gastos en personal especializado, en estudios de mercado o en la confección de encuestas y evaluaciones de una posible clientela, además del diseño y la creación de propuestas más o menos atrevidas, rompedoras o incluso inteligentes. Ahora basta con una cara joven, pero tampoco hace falta que sea bonita, o que sonría. Las mujeres siguen siendo el mejor cebo, tanto por el atractivo que inevitablemente suman para ellos como por la íntima y cordial confianza que fomentan entre ellas. Basta con un pequeño discurso ante la cámara, mejor o peor dicho, sobre un fondo intrascendente o directamente anodino, sin alardes, con un lenguaje normalito -el de la gente corriente-, que no parezca elaborado y así sonar más convincente al crédulo consumidor a quien va dirigido.

Sin embargo, detrás de todo ello se puede oler una IA que jamás se muestra, dispuesta a la extracción de todo tipo de datos con los que conformar listas interminables filtradas y catalogadas por un ejército de menesterosos informáticos que invierten miles de horas frente a sus propios ordenadores dispersos por lugares casi desconocidos de África o Asia. Listas luego vendidas al mejor postor por cantidades con las que no solemos tropezarnos los mortales y corrientes. Esas son las verdaderas encuestas, realizadas en tiempo real sin el consentimiento de los encuestados, solícitos a la hora de contribuir haciendo lo que normalmente hacen. Millones de datos personales convertidos en registros con los que confeccionar futuras aplicaciones que, entonces sí, probablemente ya no sean gratuitas. Todo ello al margen del uso que hagan de aquellos las empresas y poderosos propietarios de las IIAA  a la hora de crear nuevos modelos, inventos, objetos de consumo u otras “herramientas” mucho más especializadas con las que implementar una exhaustiva minería de datos que no cesa de alimentar a una IA insaciable.

Se trata de digitalizar absolutamente todo, el día a día, mejor, el minuto a minuto de millones de voluntarios, desde la cama o la cocina a los lugares por donde pasean, o a los que viajan; los escaparates, las constantes vitales -hasta los mismísimos sueños-, las conversaciones más íntimas, con quién, el día y la hora, los temas y las alegrías o afecciones más molestas y reincidentes convenientemente monitorizadas en cuanto a frecuencias y regularidades. Vidas en directo transformadas de inmediato en datos que el usuario aporta gustosamente, sin que le preocupe dónde van o quién los revisa y acumula, sin aparente maldad por su parte, con una inocencia que roza la estupidez y una falta de atención e interés por su propia vida y la de los suyos que, para su desgracia, lo atarán de forma permanente a unos modos de vida, de hablar, comportarse y sobre todo pensar ligados a unos modelos de consumo sobre los que, a pesar de seguir siendo el indispensable soporte vital que los pone en juego, ya nunca podrá decir que son suyos y hace tiempo que dejó de tener la última palabra -lo que en última instancia seguirá creyendo. Hasta puede que sea expulsado de ellos porque ha dejado de ser rentable.

Y todo ello libre de impuestos, porque los enormes beneficios que tales ingenios suponen, millonarios para sus dueños y calderilla para el dependiente cautivo que, por ejemplo, se siente pletórico porque gana en la enésima versión del mismo juego de mierda o vende un aplique arrumbado en un rincón hace la tira de años, no aparecen por ningún lado.

En general y como decía al principio, me sorprende la mansa inocencia o ingenuidad, también simpleza, de tanta gente “disfrutando” de infinidad de aplicaciones informáticas que nada le aportan a sus exprimidas y vigiladas vidas, todo lo contrario. Y me repito la pregunta, qué hay detrás de ese permanente huir hacia adelante, de no pensar, de evitar detenerte y preguntarte qué estás haciendo o para qué. Si aquello mejora tu vida de algún modo.

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Caraduras

Como estamos en verano nos atrevemos con todo a la hora de pasar el tiempo. De ese modo tropiezo con una especie de entrevista a uno de esos rancios especímenes que se mueven entre lo patético, lo repulsivo y una chulería que no da para soberbia, palabra demasiado compleja para cerebros tan básicos.

Gente que larga sin medida -con castizo y supuestamente gracioso recochineo- cuando se lo permiten y un medio afín, con escaso material y sin mucha imaginación a la hora de rellenar páginas, les ofrece la oportunidad, como en este caso ha hecho el órgano oficial de la derecha más “progresista”, antes El país. Machotes jactándose sin recato de sus logros -siempre económicos, porque no hay más- mediante la consabida y recurrente coletilla de que ellos empezaron con una mano delante y otra detrás, haciéndose a sí mismos, como si el personal que en algún momento pueda leer sus palabras fuera completamente gilipollas, cayéndosele la baba de admiración ante sujetos tan listos y atrevidos.

El caso es que, como con este tipo, ellos mismos se creen su propia historia, lo que viene a ser más o menos normal, de lo contrario de qué ibas a hablar si en tu vida no has hecho otra cosa que aprovecharte de los demás, por lo civil o por lo criminal, en tu propio beneficio. También dando trabajo, presume, porque eso sí es solidario, otra cosa es que el trabajo que ofrece sea una mierda y pague lo mismo o menos -tal y como el fulano reconoce con total desvergüenza-; porque, claro, si pagas más ganas menos, y de ese modo nadie puede hacerse rico ni comprarse una finca con piscinas, que es de lo que se trata. Cada uno es cada uno. Y como a todo macho alfa con alzas también le gusta follar, un hombre, hombre, que se ha casado las veces que ha hecho falta con -¡ojo!- material siempre más joven que el anterior, porque hay que mejorar lo ya gastado, y qué mejor que la carne fresca. Hasta tiene hijos, y nietos, toda una proeza. También cuenta alguna desgracia importante, de las que marcan y siempre viene bien sacar a relucir para mostrarle al posible lector que él también es humano y sufre.

Tiene amigos famosos e importantes -qué curioso- porque uno se relaciona con quién haya que relacionarse para ser algo en este mundo; un mundo que, según el tipo, es puro trabajo, como él (¿?) Pero lo que no dice y pretende que el lector crea, o ni siquiera lo  pretende porque le da exactamente igual, es la parte sucia, u oscura, de su repetido y repetido trabajo; sin embargo se olvida de que todo el mundo sabe que nadie se hace rico trabajando. Aunque, repito, como el tipo cree que la gente es gilipollas ¿para qué va a cambiar de discurso? A nadie le interesa a cuántos se ha arrimado “accidentalmente”, engañado, estafado, sobornado, se ha aprovechado o directamente eliminado -siempre hablando económicamente- para lograr sus propósitos.

Que cierta prensa todavía dé cabida a energúmenos de este jaez, otro Jesús Gil sin pelos en la lengua -es cierto que algo más discreto-, mintiendo en todo lo que dice y envaneciéndose de sus posesiones no deja de ser descarada propaganda capitalista pregonada por un medio más que afín. Tipos repetidos a la hora de jactarse de que ellos no tienen nada que agradecer a nadie, directamente obviando, o despreciando, a la sociedad que le permite enriquecerse ofreciéndole los marcos y posibilidades para sus negocios, incluida, por ejemplo, una educación y sanidad mínima para sus trabajadores esclavos, porque con lo que les paga, como él mismo afirma, no tienen ni para comprarse un piso. Y cuando muera todo lo suyo quedará para sus nietos -lo que debe joderle bastante, porque después de “tanto trabajo” esos estómagos agradecidos son capaces de abandonar o vender por pura incompetencia.

En fin, un sinvergüenza que no tiene ningún empacho en soltar que lleva cotizando la tira de años y la pensión que le queda es mucho menos que una mierda. O sea, que con lo que supuestamente ha pagado en impuestos las escuelas estarían bajo los puentes y la temperatura te la tomarías poniendo la mano en el fuego; de aspirinas ni hablar -¡qué despilfarro!-, y al trabajo caminando por un camino de cabras. Así, sin ruborizarse. Y en el fondo lleva razón, porque los gilipollas somos los que pagamos impuestos para que los esclavos de este tiparraco puedan tener unos medios básicos medianamente decentes. En lo que a él respecta se trata de que cada cual mee con la suya, y él ya ha sujetado las que más le han convenido a la hora de “hacerse a sí mismo”. Es la gota que para quien no haya vomitado leyéndo y viendo su fotografía lo haga en ese momento o, en cambio, lo mire con arrobo y de inmediato vaya a comerse unos churros a sus famosas churrerías madrileñas atendidas por esclavos.

Qué verano más fresquito.

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Eclipse

Hoy en la compra me han ofrecido unas gafas para el eclipse. También.

Que yo sepa, creo que hace más de un año que se viene hablando del próximo eclipse, un fenómeno astronómico muy interesante, mucho mejor si el cielo está despejado. Por otro lado, desconozco las intenciones últimas del exceso de información sobre el tema que viene ocupando páginas y lugares, casi cada día, aunque en realidad en muchos casos no sea tal, lo de informar, digo, salvo ocupar tiempo y rellenar huecos cuando no se tiene otra cosa mejor que hacer. Siempre es bueno tener a mano algo con lo que tener pendiente al personal, y la publicidad lo agradece infinito. Peor sería que ese mismo personal se nos despistara y comenzara a hacer y pensar cosas por sí mismo, mal asunto, porque de ello puede derivarse que llegue a creerse autosuficiente y entonces buscarse la vida por su cuenta sin andar pendiente de tanta y profusa información.

Y como en el fondo se trata de hacer negocio a costa de los demás, la imaginación a la hora de ofrecer y aconsejar no tiene límites. Porque siempre está bien sacarle a la gente unos eurillos, o miles, que probablemente dilapidarían en cualquier memez con tal de entretener el tiempo. Y surgen desde supergafas, validadas y autorizadas por las autoridades competentes (¿?), a habitaciones a mil euros en la zona cero del dichoso eclipse. Y no es que un eclipse no sea algo digno de verse, pero no como si fuera el fin del mundo, o peor. Ya, se trata de un acontecimiento único, como también son únicas nuestras vidas por poder vivirlas sin tener que dejárselas gratuitamente a otros con la única intención de engordar sus cuentas corrientes.

Como dudo que tanto interesado sepa exactamente de qué se está hablando cuando hablamos de un eclipse, o que le importe; lo de la curiosidad mejor no comentarlo. Y qué más da, con estar allí cuando oscurezca y poder grabarlo, el resto sobra. Porque se trata de un momento único, repito, tal y como nos vienen anunciando desde hace ya meses, y qué mejor que ser testigo de ese momento histórico, y hasta mítico; por prosopopeya que no quede. Un fenómeno que todos se aprestarán a grabar mientras ocurre, en muchos casos tal y como sucede cuando acudes a un concierto, que en lugar de disfrutar del concierto en directo te dedicas a grabarlo para decirles a los demás que tú sí estabas allí y ellos no, porque de eso se trata; nadie de la gente que graba un concierto vuelve a ver la grabación si no es para darle en los morros a quien convenga. Al minuto siguiente de haber finalizado el fenómeno astronómico las redes sociales se inundarán de imágenes del mismo, millones, en un sinsentido global que nace y muere en sí mismo, ya que quien no haya tenido la posibilidad de verlo en directo, por las causas que fuere, sabrá dónde acudir con las mínimas garantías para disfrutar en diferido de lo que no pudo hacer en directo. Todo lo demás sobra, morralla digital fagocitada por las redes a las pocas horas. Después nada.

Recuerdo algunos eclipses vistos hace años y hace muchos años, o cómo mi abuela me contaba que en el que ella tuvo la oportunidad de ver las gallinas se encaramaron a los palos del gallinero para dormir. Entonces éramos más pardillos, no como ahora que la información nos sale por las orejas, nos atrevíamos con el sol con tan solo un cristal ahumado con un mechero. De algún eclipse tengo grabaciones, imágenes y fotografías aún guardadas. Pero entonces no teníamos ni aguantábamos a tanto experto largando sentencias sobre los momentos únicos en nuestras vidas; puede que nos recordaran cuando fue el último -ni siquiera habíamos nacido- y cuando el siguiente -que probablemente ya no estaríamos aquí. Es lo que tienen los tiempos.

Así que para quienes puedan disfruten del eclipse en directo, a pelo -con la consiguiente protección-, seguro que se trata de un momento único en sus vidas.

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Los Williams

Han pasado días desde la final del mundial de fútbol y la resaca tras la victoria estará más o menos superada, hemos vuelto a la normalidad veraniega -es un decir- y voy a retomar el fútbol, aunque solo sea como excusa.

No hace falta indagar mucho en prensa y las redes sociales para dar con los hermanos Williams y su ejemplo de integración, esfuerzo, educación y agradecimiento para llegar donde lo han hecho, un recorrido en el que sus padres son parte fundamental, ejemplo de migrantes que, para variar, sí encontraron el paraíso en el país que los acogió; es igual si por las buenas o por las malas. Como es curioso que ambos hermanos jueguen en un club de fútbol vasco orgulloso de exhibir un segregacionismo admitido sin rechistar por todo el mundo, puesto que solo permite en su equipo a chavales con DNI vasco, puros y sin mezclas, lo que deja una interesante sospecha respecto a posibles sarpullidos en trastiendas recelosas o directamente contrarias a la admisión en la plantilla de tipos como los Williams. En última instancia puede decirse que son de los nuestros porque han nacido aquí; se omite y deja a un lado lo que no interesa para la causa.

Qué pocos prejuicios en los gestos y las palabras de los Williams y cuánta sensatez a la hora de posicionarse y defender un mundo abierto en el que cabemos todos, por encima de discriminaciones y podredumbres segregacionistas. Y qué mejor ejemplo y agradecimiento por parte del mayor de los hermanos que jugar con la selección nacional de fútbol del país de sus padres -eso jamás podría hacerse en el lugar dónde viven-, derribando unas fronteras que solo interesan a quienes pretenden convertir este mundo en un caos de guaridas en las que, tan atemorizados como violentos, refugiarse contra todos lo que no sean de la misma sangre, en contra de una de las principales virtudes de la especie -la sabiduría de mezclarse y confundirse. Envilecidos miedosos y racistas.

Choca más su ejemplo porque viven en una zona del país en la que ese germen podrido del nacionalismo más absurdo e intransigente todavía sigue presente. Una zona, el País Vasco, en la que al igual que en Cataluña todavía existen energúmenos reducidos a cualquier tipo de pureza que los aleje y distinga de los demás. Y es tal la ignorancia de estos descerebrados, o el miedo y la mala leche, que en un lado se etiquetan de izquierdas y en el otro de derechas -también extremas-, cuando no dejan de ser los mismos perros con diferentes collares. Vienen a cuento estas dos zonas del país porque en ambas encapuchados o donnadies se han dedicado a golpear y pintar paredes en contra de los jugadores locales que, al igual que traidores, han decidido jugar con la selección española de fútbol. Pero con matices, mientras en Cataluña se omitían los nombres y la culpable era España, luego los jugadores son imbéciles funcionales dejándose engañar o han caído como peras maduras abducidos por el malvado nacionalismo español, en el País Vasco, en cambio, aparecían los nombres de los jugadores como traidores, pero curiosamente no el de los Williams, porque, a ver, en qué cabeza cabe que un vasco sea negro. Luego da igual si juega con Ghana, como ha hecho el mayor de ellos, allí sí porque aquellos no son vecinos a los que odiamos y en el fondo nos importan una mierda. Siempre que se queden en su tierra, claro.

Estos anónimos que se han dedicado a pintarrajear y golpear probablemente no lo han hecho por sí mismos, ni tienen edad y ni les da el seso, sino que obedecen las arengas y consignas de unos resentidos que se dicen nacionalistas, cuando no fracasados tan desvalidos como desarraigados. Retales humanos incapaces de razonar y sentir con normalidad -qué pensará esta gente del altruismo-, permanentemente agazapados entre sus envidias y miserias más sórdidas pero, y esto si es importante, con todavía ascendiente sobre ciertos estamentos sociales y políticos a los que probablemente amenazan con el fin de los tiempos si no les dejan espacio y dinero para sofocar sus frustraciones.

Que un emigrante excelentemente acogido tenga que dar lecciones de solidaridad, integración y humanidad a cuatro trastornados dedicados a catequizar a jóvenes desorientados que no tienen quien les quiera es un buen ejemplo de hasta dónde puede llegar la mierda en según qué lugares de este país. Por supuesto que no es oro todo lo que reluce, pero regresar al fango, constatar que todavía existe y ensucia todo lo que toca no es buena señal; tampoco el autoconvencimiento de que son pocos y están solos.

Quizás la única solución es que sigan viniendo más Williams, hasta el punto de permanecer y confundir toda pureza y expulsar a la prehistoria a tanto amargado incapaz de entender qué significa vivir en este mundo.

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Despropósitos

Todavía existe una prensa “pura”, y dura, que presume de atesorar los más sagrados valores de una izquierda hoy más bien desorientada e incapaz de descender al mundo real -el de los vivos-; unos autoelegidos sin mácula encargados de difundir una realidad política, social y económica tan cruel como dolorosa para los que menos tienen -la gran mayoría de la población. Realidad que, por otra parte, es tan dolorosa y real como aquellos cuentan, en eso no les falta razón, circunstancias que, sin embargo, no les dan derecho a ningunear los gustos y aficiones de aquellos por los que hablan, por los que supuestamente luchan políticamente.

Editan una prensa tan prolija como densa, minuciosa en exceso y que desanima a todo aquel que no sea un consumado lector, amén de un militante convencido, a las pocas líneas de comenzar a leer. Ediciones sin espacio para la frivolidad o el cotilleo, tal vez viajes o gastronomía -tan de moda-, y solo al final de una larga sucesión de injusticias y corrupciones que generalmente no suelen ocupar espacio en una prensa generalista convencional que, todo hay que decirlo, cada vez se parece más a una revista del corazón que a una prensa como es debido, o al menos como en algún momento pretendieron ser, aunque sigan vendiendo que lo que ofrecen es lo que se les exige. Una verdad completamente falsa porque oculta y tergiversa más de lo que afirma.

Entre el dogma impreso de los primeros y la frivolidad impuesta y dirigida de los segundos existen infinidad de variables. Entre ellas las que incluyeran situaciones, personajes y acontecimientos públicos de los que todos sabemos, vivimos y celebramos; porque siempre es mejor encontrar una medida entre la crítica más intransigente y el simple babear de quienes presumen de tener menos cerebro que un mosquito. Se trata de leer, de la lectura, no digo literatura porque alguien se podría escandalizar creyendo que hablo de pienso para “intelectuales”. De adaptarse y saber diferenciar, de acercarse a quien menos posibilidades tiene sin imponerle algo que le haga salir corriendo tan pronto lo vea.

Es como si comparas, por ejemplo, la eliminatoria entre el Bayer y el PSG, de la pasada edición de la Copa de Europa, con un partido de las divisiones inferiores de cualquier país, en las que los jugadores ponen en juego más intenciones y ganas de mantenerse en forma que calidad futbolera. Es lo mismo y no lo es, y los que han visto o les gusta el fútbol saben a qué me refiero.

Y hablando de fútbol vuelvo a enlazar con el inicio de estas letras. Por qué a los sacerdotes de la izquierda con los que comenzaba no les parece bien que aparezca el fútbol en sus publicaciones, ahora que está tan en candelero, ni un comentario, ni una crítica sobre tal o cual partido. Imagino que se dan cuenta y entienden, otra cosa es que lo acepten, que mucha de la gente para la que dicen trabajar y preocuparse es una apasionada del fútbol, que se deja tiempo y dinero, y su vida si fuera preciso, por seguir a sus colores. E ignoro si conciben que hay generaciones de abuelos, padres e hijos para los que el fútbol es algo más que un negocio corrupto -que lo es-, que comparten e intercambian sensaciones más íntimas y sentidas que razonadas, en la mayoría de los casos inexplicables y que un gol o una victoria los une más que cualquier amor. Por qué aquellos desprecian lo que les apasiona a quienes dicen defender, por qué no bajan a la tierra e intentan empaparse, o al menos entender, ya no digo comprender, tal pasión y lo que mueve; e informan y comentan sobre fútbol ahora, cuando medio país está pendiente de él, según ellos, para su desgracia. Porque el mundo en el que viven, independientemente de la bola de cristal de su pureza, es este y sigue vivo, y esa gente a la que ignoran siente y padece, y vota, y también necesita que le echen una mano y les muestren cómo les engañan, también con el fútbol. Y no por ello hay que desdeñarlas o directamente despreciarlas por no ver más allá de sus narices. Según estos presupuestos, para qué editar periódicos, en papel o digitales, si quienes deberían leerlos no lo hacen, ni saben que existen; mientras yo insisto en colgarme medallas de dedicación, autenticidad y pureza que también nadie entiende ni escucha. Cuánto despropósito, cómo podemos ser tan estúpidos.

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Sin palabras

Como todo es tan divertido y nos gusta reírnos hace unos días asistí a una representación teatral titulada Iribarne que igual no dice mucho a muchos, sobre todo a los más jóvenes. Se trata de una sátira curiosa de un franquista tan excesivo como cutre, un soberbio energúmeno que confundía campechanía con arrastrarse ante el poder cueste lo que cueste, un tipo pagado de sí mismo y convencido de que esta vida es una cuestión de pelotas, nada que ver con la inteligencia o saber de qué puñetas va eso de vivir.

Da la casualidad que el protagonista de la obra, el señor Iribarne, fue el fundador del partido popular de la derecha española, una especie de arca repleta de  franquistas a los que entonces les empezaba a oler el culo a humo. Un saco de retales con mucha caspa y mucha mala leche que se pretendía y todavía hoy se pretende demócrata sin que ninguno de sus integrantes, da igual si de entonces o de ahora, hayan acabado de entender que democracia no significa gobierno a perpetuidad, como según ellos está mandado. Y en estas resulta que uno de los militantes del partido en cuestión, anterior presidente del gobierno y cacique local a perpetuidad, como Dios manda, hace como que escribe en prensa diciendo que los franceses de la selección francesa de fútbol no son franceses porque no son blancos como él y su dios. Un espécimen que ejerció su tarea política como presidente prácticamente igual a como lo había hecho como cacique en su tierra, su terruño, ya que esta gente cree que el mundo es como su finca pero más grande, con más gente. Naces de buena cuna, todos te aprecian -más les vale-, los pobres te sirven y doblan la cerviz en tu presencia, te adulan y, cómo no, también te votan porque, a ver, qué van a hacer sin nosotros, sin nuestra guía ejemplar. Por otra parte y volviendo a la obra de teatro, no deja de ser curioso cómo desde un escenario puede decírsele al público, directamente a la cara, que quienes nunca han tenido para comer siempre votarán a quienes les dan de comer; sin olvidar que todo lo que se cuenta sobre las tablas es estricta y documentada verdad. Ley de vida.

Precisamente por eso el cacique-presidente, un tipo que intelectualmente no llega más allá de los periódicos deportivos -como él mismo se jactaba públicamente-, no ha tenido ningún empacho en sonreír socarronamente -¡pobres! pensaría- a las reacciones a su eructo racista. No hay que olvidar que esta gente se pasa eso de lo popular por el arco del triunfo, porque en lo referente a apretar las tuercas a quienes no entienden que unos han nacido para mandar y otros para obedecer no les cabe ninguna duda, y que no le toquen las pelotas, porque por las buenas lo que quieran, pero lo de discutirme el puesto ni hablar, a ver si ahora cuatro desarrapados van a querer cambiar el mundo; lo que no hicieron los comunistas.

Y en esas estábamos cuando la selección española derrotaba a los “no franceses” en el mundial de fútbol, una selección en la que juega un muchacho de apenas diecinueve años, pero que, visto lo visto, no sé si español porque no es blanco ni católico, como Dios manda, le respondía al cacique-presidente que para él el fútbol es ejemplo de integración.

Qué más se puede decir. Y qué hacer con los vasallos disfrazados de militantes del partido fundado por el señor de la obra de teatro saliendo en defensa del troglodita de su expresidente. De vergüenza ajena, una auténtica estampida de criados prestos a arrodillarse ante el racista de su jefe. ¡Cuánta humanidad desperdiciada!

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Videntes

Lo que en principio pareció un accidente que llamaba la atención por la importancia de la víctima se ha convertido en una noticia de la prensa rosa con un interés relativo para el ciudadano de a pie, un cotilleo con el que entretener el tiempo mientras esperas en la consulta del dentista. Un señor muy rico, propietario de una marca de ropa bien conocida, fallece de una caída accidental y resulta que existen indicios de que ese desgraciado accidente quizás no fue tal, sino que detrás hay miga, como en las películas. Pues allá que va la prensa del corazón, en tropel, también la que no tiene tal órgano como motivo principal de su trabajo -aunque muchas veces llego a dudarlo-; y lo que parecía una extrañeza se convierte en el culebrón del verano. Y es que cuando hay dinero por medio el amor y el cariño son menos; la pela es la pela.

Aparecen pistas, raras, conversaciones, más indicios, sospechas -también de película-, familias guapas que ya no lo son tanto, reuniones y presuntas amenazas -aunque fueran en sueños-, y más y más. O sea, que la cosa parece que va para largo, como ocurre siempre que suenan las monedas o son el motivo principal; aunque ¿cuándo no lo son? Da igual la elegancia, la pureza y el amor que desprendan los protagonistas. Y en estas tropiezo con la imagen de una “terapeuta” que declara como testigo, o encausada, a saber, y no sé por qué me viene a la cabeza la imagen de un vidente-chamarilero, tal y como suelen aparecer en las películas del oeste; un tipo que surge de pronto, sin que importe la procedencia, o directamente misteriosa, encaramado en un carromato con una labia más que estudiada y remedios milagrosos contra prácticamente todo en lo que sean pertinentes consejos básicos barnizados de expertos, modulados en una voz tan dulce y cautivadora como empalagosa, suave y persuasiva; porque lo que en definitiva pretenden estos personajes es llenarse el bolsillo a costa de cuatro ignorantes.

Y sigues leyendo y resulta que la casta más casta de las castas catalanas, esa misma portadora de ese intangible seny que tanto respeto parece que vende, es proclive a inclinarse voluntariamente ante una moderna hechicera que les susurra al oído con voz melosa cobrando solamente en cash.

A ver, que me quieran cobrar en metálico ya es para levantar la ceja, o para mosquearse, pero que lo hagan en visitas personalísimas y delicadísimas, en la intimidad, donde se habla más cercano y no hay espabilados que puedan pararle los pies al nigromante, me suena a tomadura de pelo. Y que una burguesía tan recatada y prudente, más bien provinciana, se desviva porque una señora con pinta de echadora de cartas les aconseje en privado en cuestiones de sentido común es para suspirar antes de esbozar una ligera sonrisa, por aquello de la educación.

Tony soprano mostraba más sensatez en su consultas psiquiátricas, profesional incluido, que esta gente abriéndole la puerta a una hábil y astuta guía espiritual que probablemente vio un filón en las mezquindades y desconfianzas de gente de tan noble alcurnia. También es cierto que el dinero mejor en privado, sin airearlo, sin facturas que pueda olisquear Hacienda; ya sea un tres por ciento o transvasándolo en metálico a Andorra, también en intimidad, como solían hacer los Puyol; todo muy honorable y reservado. El dinero hace que los sentimientos y las relaciones familiares se confundan con las envidias, los celos, la incompetencia y la misma estupidez. Por lo que siempre es mejor echar mano de una desconocida que dice saber -y sin factura-, abrirle la puerta con discreción y comprobar que ella también lo entiende. Es fácil cuando la propia codicia es correspondida, y además te ofrecen un cielo en metálico que solo tienes que conservar e intentar perpetuar con tanto mimo como recato. Mucho mejor mediante un selecto y selectivo boca a boca que reblandece el cerebro tanto como la cartera.

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El paraíso

A la pregunta de qué es el cielo, el paraíso o lo que sea que cada cual crea que hay después de la muerte la primera reacción probablemente sería un gesto de sorpresa e incredulidad, una mirada de arriba abajo y, aún sin palabras, un primer pensamiento parecido a ¿de qué va este? ¿a qué viene ahora? ¿me quiere tomar el pelo? si no nos mandan directamente a hacer puñetas o nos quitan de en medio con un, lo siento, tengo prisa, ahora no es el momento. ¿Qué se habrá creído? mientras se aleja mirando hacia atrás con el rabillo del ojo para no olvidar la figura de ese impertinente. 

O sea, ninguna, cero respuestas a la cuestión, o intromisión, porque hay gente muy sentida, sobre todo en lo referente a la religión, que no está para ciertos temas porque crean más incomodidad que dudas, además de que nunca vienen a cuento ni son necesarios, ya llegará el momento y entonces será lo que tenga que ser.

Una pregunta comprometida que probablemente provoca más inquietudes que certezas, también cierta atención, o pavor. Luego, en privado y a salvo, con todas las precauciones posibles y ya puestos, quizás tocaría echar mano del manual de emergencias y tirar de dogma. Las respuestas de rigor, las que tocan, las que predican quienes saben y entienden de eso y, tal vez entonces y por lo bajini, acordarse de merecimientos, anhelos, deseos -muchos-, sueños no cumplidos, redenciones, reencuentros o promesas de felicidad eterna y descanso, también eterno. Sin que fuera nada extraño que más de uno anhelara ver al fin cumplida la venganza contra la existencia pasada, el mundo y algún que otro paisano que en vida no pudo llevarse a cabo -justicia divina, la llaman-, o el merecido castigo hacia quien, durante aquella, hizo y deshizo a su antojo sin detenerse ni le importaran las consecuencias de sus actos. No imagino qué paraíso desearan quienes, en vida, se dedicaron a hacer el mal -tal y como suena-, tipos que solo pensaron en sí mismos y cómo complacer un egoísmo autista, su santa voluntad; existencias en las que los otros, además de inconvenientes estorbos, solo eran el medio para lograr sus fines, es decir, satisfacer sus deseos. Como tampoco soy capaz de llegar a ese paraíso de los religiosos, y muy religiosos, que interpretan la religión según su sagrada vocación, siempre pura y sin sombras, o con pequeñas oscuridades a las que se le puede dar boleto con un sincero acto de contrición, sin que haya que mediar confesión alguna. Ajenos y sin responsabilidad, libres y sin cargos por voluntad divina, indiferentes a tantos que con menos suerte -esos designios insondables- no tuvieron más remedio que afrontar vidas de carencias y sufrimientos en función de sus orígenes y nacimiento -si es que en muchos casos puede decirse que eso sea vivir.

Como a qué especie de cielo o paraíso aspiran todos esos que dicen sentirse en paz consigo mismos -llenándose la boca de dicha, tan buenos y satisfechos-, exhibición de una arrogancia directamente proporcional a la indiferencia y el desprecio que muestran hacia todo lo que no sea su alma y su merecida salvación. Qué felicidad -¡no se les ve en la cara!-, nunca están para ese tipo de preguntas porque ellos saben todas las repuestas y su fe los justifica; además de no poder hacer nada porque ese no es su papel, para eso ya está El Creador.

Y me queda curiosidad por esa respuesta, sobre todo por parte de estos últimos, imagino, que mencionara directamente la causa, es decir, Dios, con el inconveniente de que ver al fin a Dios no da para más porque Dios lo es Todo, su visión llena y completa un alma que tanto trabajó y suspiró en vida por alcanzar ese momento, al fin compensada. Entonces, deseos y anhelos terrenales ya no serían necesarios porque, desde la inmortalidad, contemplarían aquel periodo material de sus almas tan imperfecto como despreciable, y sus sueños y aspiraciones tan ridículas como ignorantes. ¿¡Y ya está!?

Esta digresión, disparate o completa estupidez se me ocurre un domingo alrededor de la media noche, viendo cómo algunas personas recogen y acumulan numerosas cajas vacías, que las tiendas han dejado en la calle para la recogida de basura nocturna, con las que fabricarse pequeños socorros en los que pasar la noche junto a paredes y enormes escaparates. Precarios y accidentales “habitáculos” en los que se refugian dos, tres y hasta cuatro personas junto con sus escasos pertrechos; en el mismo centro del paraíso del consumo en este país, en una agradable noche de verano.

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Tatuajes

Hace ya años, en un bar de verano tomando unas copas charlábamos con un presidiario, no recuerdo si de permiso durante la condena o definitivamente fuera, habiéndola cumplido. A pesar del buen tiempo llevaba manga larga, no hizo falta preguntarle por qué, puesto que la conversación derivó hacia la cárcel y el ambiente, los compañeros, las reincidencias y las dificultades, una vez fuera, a la hora de volver a recuperar una vida normal, teniendo que obviar y directamente ocultar un pasado del que no se sentía muy orgulloso, y los tatuajes que la manga ocultaba eran una pista no deseada acerca de aquel. Prefería tenerlos a buen recaudo porque, sobre todo a la hora de buscar trabajo, eran un claro impedimento.

En la actualidad esto suena muy antiguo o directamente desfasado, hoy los tatuajes se han convertido en moda para una generalidad muy variopinta, adeptos por amor, también hacia sí mismos, por afición, aventura, reivindicación, timidez, vergüenza o problemas de definición personal -las dificultades de siempre a la hora de la madurez de tantas generaciones. El tatuaje te sitúa e identifica sin que tengas que abrir la boca, por si no tienes mucho que decir. Proliferan los establecimientos especializados y no tanto, pues parece que cualquiera con un curso acelerado puede pincharte con una aguja y cubrirte con tinta hasta que digas basta.

Atrás quedan aquellos puñales solitarios, los intrigantes puntos en las manos que en realidad nadie sabía qué significaban, corazones, con y sin coronas de espinas, goteando sangre -una o dos gotas-, algún que otro nombre inscrito en el susodicho corazón o los amores de madre tan limitados y equívocos como sentidos. Hoy uno puede entintarse hasta las uñas, según gustos, desafíos personales, lucha contra complicados traumas o prejuicios que se pretenden definitivos, por fidelidad o por consejo o recomendación de amigos y expertos; también como rebeldía, porque sí y puedo, como nadie o por puro aburrimiento. Mientras haya piel que manchar no existen los límites.

Los hay atrevidos que se lanzan a por todas y diseñan verdaderas composiciones que en conjunto tienen su atractivo, desconozco si la idea es por completo propia o eligen entre una amplia oferta de resultados contrastados definitivos; o simplemente a la carta. Carta que, sin embargo, parece no ofrecer muchas variaciones porque la repeticiones son casi infinitas, algunas aterradoras, lo que en cierto modo deja ver unas carencias imaginativas que descubren unas limitaciones estéticas que fomentan el más de lo mismo, en algunos casos rozando el disparate. Las mismas zonas del cuerpo e idénticas figuras y/o composiciones, los motivos prefiero no entrar en detalles porque en más de una caso las respuestas quizás fueran decepcionantes. Imagino que luego, en casa y ante el espejo, se miraran y remirarán, autoconvenciéndose si todavía quedan dudas o piropeándose por lo bien que lucen y lo interesante que se muestran, siempre según sus peculiares puntos de vista; porque también los hay amenazadores, imágenes que repelen más que atraen y fomentan todo lo contario a un acercamiento o sincera y abierta sociabilidad. El tatuaje hoy habla por uno mismo, eso me gusta pensar, porque de lo contrario sería ponerse en manos de otra moda que tarde o temprano tendrá que acabar, con lo que habrá que apechugar con él o ellos y reaprender a hablar para relacionarse con los demás. Y si se simultanean con colgajos, agresiones y perforaciones en cualquier parte del cuerpo susceptible de serlo ¡uf! Cuánto por decir, o todo lo contrario.

Y frente a los valerosos que se atreven con todo su cuerpo están, curiosamente, los más temerosos, desmotivados o desganados que prefieren ir poco a poco, como si no estuvieran convencidos o aún recelaran de lo que significa tatuarse la piel; primero en lugares más bien ocultos o reservados. Una decisión difícil porque es para siempre, hacerlos desaparecer, por el contrario, resulta algo más complicado; lo que viene a ser como a renegar de sí mismo o de lo que en cierto momento uno quiso o fue. Son tales las dudas, o la falta de convencimiento por parte de estos tímidos, y por lo tanto de decisión, que las marcas se acumulan sobre la piel como si fueran pegatinas, cada cual de su padre y de su madre, de forma desordenada e incluso caótica; en función de momentos, aficiones o amistades, que todo vale. Así que, si por casualidad te fijas no sabes cómo interpretar aquel batiburrillo de saldos que confunden más que hablarte. Como borrosos lucen sus portadores, en permanente duda entre lanzarse a la piscina de una vez por todas o ir metiéndose en el agua poco a poco, no sea que sufran un corte de digestión y sea entonces peor.

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No hay palabras

Entre vulgares y espeluznantes las imágenes no necesitan palabras, si es que uno mismo es capaz de reprimir la incredulidad ante lo que está viendo y sus inesperadas consecuencias, para, a continuación, con la misma incredulidad, sin todavía creérselo del todo, vuelve a ver porque igual se trata de un error, o un montaje hecho con IA. Porque no puede ser posible que algo así ocurra hoy.

O sí, Probablemente mi credulidad me traiciona, ya que existe el sentido común, sin que ni yo mismo sepa que puñetas quiere decir sentido común, eso que, según dicen, impediría que lo que acabo de ver llegara a producirse. Nadie es tan despistado, negado, inepto, incompetente o estúpido como para cometer semejante dislate.

Estoy hablando de las imágenes en las que una joven de veintipocos años es lanzada literalmente al vacío desde un puente por dos tipos que la sostienen sobre sus brazos. Tal cual. Intento imaginar a la joven desgraciada, tan rígida y nerviosa como excitada, con los brazos abiertos y temblando de miedo por la experiencia única que está a punto de vivir. Y con razón, porque será tan única e increíble que no saldrá viva de ella.

Vuelvo a decirme que eso no puede ser posible, que se trata de un montaje, pero no, lo encuentro en otro medio y las imágenes se repiten. Sigo sin saber qué decir, pero ahora soy incapaz de ponerme en el lugar de la mujer porque me parece tan injusto como imposible, y sería pecar de arrogante.

Pero no por ello dejo de darle vueltas. Qué nos está pasando, cómo hemos podido llegar a tales extremos. No se trata de si los tipos del puenting eran o no legales, si estaban autorizados, tenían permisos, habían pasado todos los requisitos para dedicarse a tal actividad. Si disponían de las correspondientes acreditaciones, no sé, trámites, credenciales, materiales, medidas de seguridad o lo que sea que haga falta para acometer ese tipo de aberraciones con las que atraer a personas aburridas de vivir cuando todavía no han comenzado a hacerlo. Mucho peor que lanzarte al agua cuando no sabes nadar, porque en este caso nadie te va a poder salvar en el último momento de morir estrellado, que no ahogado.

Ni siquiera vale como excusa la ingenua confianza de la desgraciada víctima. Vuelves a imaginar que antes de dar el paso preguntas acerca de la solvencia y fiabilidad de esa gente, compruebas por ti misma las mínimas medidas de seguridad atendiendo a lo que a continuación vas a permitir que hagan contigo. Y las personas de alrededor, obnubilados, embebidos, abducidos por la emoción o es que literalmente hacían de espectadores imbéciles. Con perdón, porque no se me ocurre otra cosa. En situaciones así los errores, despistes, excusas y justificaciones dejan de tener sentido. Nadie, absolutamente nadie, y digo mal, fue capaz de ver más allá. Incluidos los directamente responsables que sostienen a la mujer lanzándola al vacío; tan obtusos y ciegos estaban. Tampoco se trata de la calidad de los materiales, su adecuación a las circunstancias, las medidas de seguridad secundarias, no sé, un mínimo plan B o lo que sea que se precise en tales barbaridades.

No se me va de la cabeza la opción del montaje, porque de lo contrario me sigue pareciendo imposible. Tales descerebrados no deberían… ¿qué? Son las propias víctimas quienes horrorizadas ante el vacío de sus propias vidas necesitan con urgencia emociones que les impidan pensar, dejar a un lado la propia consciencia poniéndose en manos de cualquier irresponsable que les venda el paraíso de las emociones en la tierra. Literalmente, me repito, lanzar al vacío a una persona para que se estrelle contra el suelo. No hay palabras.

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