Los árboles y el bosque

Los chavales, cada vez más jóvenes, se dedican a ver porno y los adultos -también los padres de aquellos- acuden a sudar al gimnasio o practican deportes de riesgo que les ponen los niveles de adrenalina por las nubes; lo necesitan. Cada vez hay más gimnasios, recónditos rincones donde aventurarse con total desconocimiento y establecimientos especializados ofertando preparaciones, entrenamientos o coaching más y menos personalizados, todo ello para que unos adultos ansiosos por verse guapos y en forma se dejen dinero y tiempo, por ese orden. Queda saber si lo hacen por salud o porque les gusta gustarse, también porque disponen de un incómodo tiempo que no llega a libre y hay que rellenar de algún modo. Se trata de estar a la última, como también es probable que tengan mascotas, algo que, curiosamente, jamás habrían pensado, pero es que ahora vas a la playa y hay más mascotas tirando de dueños que personas. Luego algo habrá que hacer.

Mientras, los chavales aprenden a poner anteojeras a su imaginación sexual con un porno muy masculino en el que la hembra -mujer- luce como objeto humillado y sometido, y además le gusta. Una sierva rendida -una garantía-, tal que toda la vida, adoradora incondicional de los atributos masculinos -en singular-, consciente de su papel de suministradora de placer a petición;  porque está muy bien que se pliegue a lo que él quiera, y si es preciso hacerle sentir humillado -su deseo más oculto-, pero no que sea ella quien decide y desea, solo faltaba que te folle un tía cuando a ella le apetezca. Sueños y deseos para los que les viene muy bien una IA que en el porno avanza a pasos agigantados, ofreciendo hembras a la carta adoradoras de penes más que descomunales -el sueño de cualquier humano macho- que jamás enflaquecen. Hay futuro, incluso puedes confeccionarte la mujer que deseas, con las proporciones que más te excitan, y a poco que unas gafas virtuales te hagan creer que la tienes a tus pies adiós a las mujeres de carne y hueso. Menudo alivio.

Aunque viendo cómo su mueven los robots que están fabricando los chinos -por aquello de las celebraciones del reciente año nuevo; asombroso-, tal que personas de carne y hueso, la cosa pueden mejorar hasta el punto de que a poco que la IA consiga dominar y exhibir más movimientos y acciones -como todo, cuestión de tiempo- bastaría con forrarlos de carne/plástico en plan Terminator  y mandar las gafas virtuales al cubo de la basura. La tendrías allí mismo, cañón, como a ti te gusta, sonriente y siempre dispuesta. Ni me lo imagino.

También viene sucediendo que en este no decidirse por sí mismos de los jóvenes, solitarios, atemorizados y desconfiados, necesitados de ayuda, en este caso no sexual -todavía bisoños-, los hay que ponen la vista en los animales -pobres; los animales-, pero no como mascotas, sino algo más espiritual -está de moda-, identificándose con un bicho -a saber- con el que afirman comunicarse, sintiendo lo que el bicho siente e imitando sus ruidos y gestos, también moviéndose a cuatro patas –qué mejor identificación. Imagino que Darwin jamás habría podido prever esta curiosa evolución de la especie, aunque dudo si puede denominarse evolución, retroceso o estulto aburrimiento, algo en lo que gastar el tiempo sin pensar en nada complicado y sin menoscabo de un socorrido e impagable amor propio.

Culpa de los adultos abrasándose en los gimnasios -no entienden a sus vástagos porque nunca les interesaron, solo querían quitárselos de en medio-, más preocupados ahora de sí mismos y de las excitantes experiencias que les proporciona su cuerpo, que nada tienen que ver con el sexo -¡ojo!-, sino mucho más cómodas y asépticas, sin la necesidad de relacionarse con otra, u otro, de forma íntima -¡uf! Siempre es mejor admirarse a sí mismo en el espejo que decirle te quiero a alguien que conociste en la calle y de quien no sabes nada. Además, para los huecos temporales de estos adultos hechos y derechos la IA -bendita IA- viene propagado a los cuatro vientos infinidad de aplicaciones que tratan y modifican, tanto hacia adelante como hacia atrás en el tiempo, fotografías que el usuario pone gustosamente a disposición del voraz aprendizaje de esta inteligencia depredadora y sus “tecnodueños” -bueno, siendo realistas, los depredadores serían estos últimos, no aquella. De ese modo puedes ver mucho mejor, y hasta saludar, porque la imagen lo hace, como si viviera, a alguien que ya no existe, provocando en el sensible consumidor unas tiernas lágrimas de cocodrilo que le dejan muy relajado, aunque tal vez un poco más idiota de lo que ya era antes.

En fin, que entre gimnasios, deportes de riesgo, animales -perdón, seres sintientes-, sexo a la carta -nada de virtual- y la consiguiente y cada vez más presente IA tenemos bastante con lo que entretenernos. Hay tantos árboles que admirar que estamos perdiendo de vista el bosque.

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Lo que toca

Sin que nos demos cuenta acabamos pensando que el mundo comienza con nosotros y en el fondo llevamos razón, porque, de buenas a primeras, aparecemos aquí sin que nadie nos haya preguntado, y desde ese momento y como recién llegados solo existen presente y futuro. El presente es uno mismo, ahora, el futuro se ofrece como posibilidad, una perspectiva a la que intentaremos dar forma en la medida de nuestras posibilidades, y capacidades. También existe el pasado, lo que había antes de que nos trajeran aquí, del que iremos teniendo noticias en primer lugar por los que ya estaban, sus palabras y sermones, sus actos y una realidad hecha y derecha que, nos parezca mejor o peor, tendremos que aceptar y adaptarnos a ella si queremos que ese futuro en el que armar proyectos se vaya pareciendo a los deseos de ahora.

Entre sueños, planes y proyectos, también vivir, no vemos en principio nada en nuestra contra, es lo que hay y debemos aprender a movernos y utilizarlo preferiblemente en nuestro favor. Pero a medida que vamos viviendo, y creciendo, y en ocasiones viendo cómo se esfuman algunos sueños, o directamente fracasando, se nos irá ensombreciendo el semblante en contra de nuestra voluntad, de la que habremos de echar mano para poner, como suele decirse, al mal tiempo buena cara. Y probablemente sea cierto que hay personas que son capaces de sobreponerse a los acontecimientos y mostrar una sonrisa hasta en los presentes más oscuros.

La realidad nos irá envolviendo poco a poco y modificándonos, cambiándonos el carácter, también agriándonoslo. Sabremos de la historia y su decurso, del progreso y de que con el transcurso del tiempo todo va a mejor, sobre el papel, porque si llegamos a interesarnos en la historia y  el progreso probablemente nos decepcionen, ya que ambas son realidades tan subjetivas que según donde se dirija la vista se advertirá progreso o más de lo mismo, también peor, o lo que nunca antes había ocurrido. En definitiva, se trata del tiempo que nos ha tocado vivir, y en algún momento de la vida sabremos que el nuestro también se acaba, en algunos casos de forma intempestiva e inesperada, y hasta violenta, sin que en nuestro último instante podamos mover un solo dedo, o siquiera abrir la boca.

En este devenir histórico en el que acabamos inmersos se producen tanto avances como retrocesos, y es falso que exista una corriente progresista que todo lo arrastra hacia un final idílico o meta, se trata más bien de un movimiento a trompicones con sus paradas, errores y estrepitosos fracasos, porque, a día de hoy y según nuestro conocimiento, el tiempo es imposible que vaya hacia atrás, pero la humanidad sí.

Así que, al extraño y ya no tan nuevo en este mundo solo le queda asumir que no hay proyecto colectivo alguno, sigue sin saber si principio y cada vez le importa menos el final -como sí existe para las vidas individuales, incluida la suya-; se trata de una interminable sucesión de generaciones de la que pueden obtenerse algunas enseñanzas comunes o simplemente la corroboración de que lo mejor que puede hacer cada cual es mirar hacia otro lado, dedicándose en exclusiva a lo suyo. Permanece, en síntesis, una especie asediada, o agobiada, por miedos y temores ancestrales, inseguridad y ansiedades de todo tipo, además de proclive a exhibiciones de poder sin medida por parte de algunos, o muchos de sus representantes, sin que importen las épocas. Quedaría una especie de fe como alimento, también en la especie -siempre hablando de la vida que vivimos todos, no de anhelos o desviaciones espirituales-, sucedáneo de resignación que sirve para todo, tanto en el plano individual como en el colectivo.

Por todo ello no es extraño que flote en el ambiente una sensación de fracaso de la que es difícil desembarazarse, dejando al albur a millones de individuos tan desorientados como perdidos, pequeños y mezquinos, la gran mayoría a la búsqueda de una tabla de salvación que viene a demostrarles que ellos nunca fueron dueños de nada, tampoco de sus propias vidas -lo que faltaba, nos traen sin nuestro consentimiento y después nos atan de pies y manos-. Queda un dejarse llevar o, olvidándose de todo, también de sí mismos, auparse a una corriente favorable, da igual su tendencia y dirección, y al menos sentirse por primera vez en la vida perteneciendo a algo, moviéndose a favor,  de qué o hacia dónde tampoco importa, pero acompañados de otros muchos. Y al menos sonreír si la corriente es la buena, la que saldrá adelante, es cierto que a costa de otros con menos fortuna. Solo queda la mala suerte, haber nacido en mal momento y lugar o en un tiempo equivocado.

Esto no es como queremos, tampoco como en algún momento de nuestras vidas nos imaginamos, meras ficciones. El mundo ya era antes y cada uno de nosotros otra insignificante partícula más, nunca fuimos centro de nada. Sin embargo, y esto es igual o más interesante, todo lo dicho no significa que, por el hecho de haber nacido y aún estar aquí, no podamos elegir qué, cuándo, cómo y dónde, hasta el instante, incluido el último.

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El cielo mañana

Tal y como van las cosas puede que dentro de poco, en este caso sí es cuestión de tiempo, la IA o algunos algoritmos relacionados o dependientes directamente de aquella dirigirán, controlarán -y manipularán- la reproducción en la especie humana. ¡Se lo imaginan!

Al fin será posible erradicar enfermedades derivadas o de transmisión genética que impiden llevar una vida digna a los nuevos individuos que vengan a este mundo, dándoles otra vida mejor, tanto para ellos como para sus familiares. Como se podrán elegir, también seleccionar, los rasgos y características físicas del neonato, siempre a gusto, o capricho, de los progenitores, directos e indirectos. Sexo y reproducción convivirán separados más de lo que ya lo están en la actualidad, enorme pecado y desobediencia de la voluntad divina para religiosos de toda fe y procedencia, otra muestra más de que este mundo está completamente perdido, en manos del demonio; dándose todo tipo de enfrentamientos y acusaciones entre los nuevos “dioses humanos” y una siempre beligerante e intolerante oposición religiosa -da igual la fe que practiquen- en posesión de la verdad, la única, la suya. Aunque esto último ya lo sufrimos hoy.

Se podrá elegir qué, cuándo, cuánto y cómo, en primer lugar, por supuesto, las clases más próximas o financiadoras del negocio y a continuación y como es normal según precio de mercado. Esto no deja de ser un inconveniente, puesto que irremediablemente aflorarán cuestiones de racismo y poder en cuanto a la selección, sus particularidades, o exclusividad, y disposición según para quién o quiénes; incluidas las inevitables patentes y derechos en manos de abogados de postín tan racistas y codiciosos como sus clientes. La carta puede ser ilimitada, con infinitas opciones en función del peticionario, la clase y el metálico disponible. Para quienes no puedan o encuentren dificultades para acceder, o no tengan derecho, que también, probablemente estará disponible un menú low cost básico en el que puede que también vayan incluidas -obviamente sin su consentimiento- algunas cualidades indispensables de corte eugenésico que eviten futuras molestias en cuanto a pensar o intentar subvertir de algún modo el orden establecido. Es indudable que alguien ha de ocupar los estratos inferiores, esos que viven de servir; pero al menos estos últimos se conformarán con que el descendiente sea normal, salga sano y sin defectos, pueda trabajar y luego sea lo que Dios quiera, como toda la vida.

Y pensando a largo plazo, además de enfermedades también desaparecerán muchos rasgos físicos que no es que sean mejores o peores sino que siempre han estado ahí, tanto para orgullo y pavoneo como para vergüenza, martirio y sufrimiento de sus propietarios -imaginen, infinitos. Eliminado el azar y la incertidumbre del no saber prevalecerán los requerimientos de unos preocupados progenitores ante un exigente y minucioso proceso de selección y exclusión a la carta; clientes y al tiempo propietarios, y esto no es cuestión baladí. Aunque también es cierto, y no menos importante, que la opinión del futuro poseedor de tan esmerado y potencial beneficio y su obligada aceptación no tiene por qué coincidir con las preferencias de sus interesados ascendientes. Otra fuente de problemas.

Puede que, preocupados porque el producto sea lo más normal posible y ajustado a preferencias, se pierdan o desaparezcan para siempre talentos extraordinarios, aventureros y aventuras, individuos que arrostran sin dudarlo incertidumbres y peligros porque no se gustaban a sí mismos, por temeridad o por pura por e íntima osadía; por olvidarse de problemas o, en su derecho de seres vivos, intentar cambiar, renovar, eliminar o subvertir un orden que, anterior a ellos, sin embargo no les acaba de gustar.

Como contrapartida la realidad más obvia nos llevará a parecernos aún más, cada vez más iguales, al principio en función del dinero y con el paso del tiempo la gran mayoría -si es que todavía andamos pululando por la corteza del planeta, éste permanece más o menos como hasta ahora y aún no se ha hartado mandándonos directamente a la extinción. Pero eso son otras cuestiones que ahora no vienen al caso. Las posibilidades, pues, son infinitas; menudo negocio, y esto no lo digo yo, puede que hoy en algún lugar alguien ande maquinando, haciéndosele la boca agua.

Sin embargo, tales previsiones, profecías, disparates, distopías o este mundo mañana tienen un gran inconveniente -siempre hay un pero-, es imposible sin mujeres ¡ah! ¿luego? Es lo que tienen los visionarios, generalmente hombres muy implicados con el futuro -su futuro-, tan altruistas que solo piensan en la humanidad, pero no en las mujeres, tantas o más que hombres, muchas, que todavía han de cargar con un “castigo ancestral” a la hora de un siempre imprevisible y engorroso embarazo, como del doloroso y más que comprometido parto. Por este lado las cosas siempre van a ir más despacio, o simplemente no van.

Sigue pendiente retroceder a la casilla de salida y reiniciar ese bonito invento de la humanidad en igualdad de condiciones.

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Fracaso

Si existe hoy un sensación o idea que ejemplifique las complicadas y a veces inexplicables circunstancias que condicionan nuestro día a día es la de fracaso, otro más. Quizás pueda parecer exagerado, pero no hay más que asomarse a la realidad y comprobar que entre quienes, por unas u otras razones, dirigen el cotarro nacional e internacional prima la estrechez de miras, la violencia, el discurso acusador y destructivo -más que discurso auténtico vocerío- y el odio más irracional, ni siquiera disimulado, contra todo aquel o aquello que haga sentirse a los propagadores de tales inmundicias aún más débiles y acomplejados de lo que ya son y están. A lo que añadir que ninguno de estos déspotas violentos con problemas de autoestima tendría ningún reparo, en su desproporcionada e descabellada soberbia, en quitarle la vida a cualquiera que, ya no contradecir, sino tan solo se le ocurra dudar, cuestionar o, más osado aún, argumentar algún otro discurso contrario o que ponga en evidencia las miserias y asombroso vacío del suyo -más bien resentimiento y pura codicia.

Todo el agua que lleva cayendo durante estos días, y la que probablemente caerá, no será suficiente, al contrario de lo que dice la canción, para limpiar tanta miseria, envidia y violencia como flotan en el aire. Y, bien mirado, todo esto tiene algo de inexplicable, porque no deja de ser llamativo que a nadie con cierto poder se le ocurra transmitir un discurso que hable en común, de proyectos y temas colectivos y compartidos, que los hay y muchos, o todos; que intente establecer o recuperar lazos, romper fronteras, ofrecer o compartir lo que hay -infinito-, u organizar proyectos de futuro en los que cada cual ponga algo de su parte, lo que tenga, y con ello se sienta importante. Ni a gran ni a pequeña escala, es decir, cero.

Solo se habla de lo mío y los míos, del resto, si no acatan y se suman, literalmente machacarlos. Parece que no queda nada que proponer u ofrecer, ya no digo a cambio, al menos con cierto atractivo o más o menos ilusionante para la gente. Tampoco por parte de quienes tienen o han venido ocupando el poder, y lo indecente es que ese poder ya solo es entendido y ejercido desde la propia codicia, pero siempre a partir de lo que es común. Como no hay ninguna prudencia o discreción, o cierto recato, a la hora de exhibir ese poder públicamente, ya no es necesaria aquella corrupción sibilina e inteligente, tal y como venía haciéndolo la clase política, nacional e internacional, de finales de siglo pasado y comienzo de este, principal motivo del sonoro fracaso que hoy padecemos.

Así que, denostados estos últimos por su despreciable egoísmo y en la actualidad más preocupados por mantener, y si es posible aumentar aún más, el botín de sus tropelías, van dejando paso a déspotas de toda ralea, segundones e incompetentes resentidos que ven al fin una oportunidad para pillar cacho. Y tienen prisa y están nerviosos porque igual no les dura o alguien, al fin, les pone en su sitio, es decir en la nada. Por eso, sabedores de su debilidad, del poco aprecio que se tienen a sí mismos, se atreven con todas las miserias y mentiras posibles a la hora de hacerse con lo que consideran que es suyo, además de ofrecérselo a quienes les han facilitado el acceso o les deben las luces de las que se sirven para aspirar o estar donde están. Atrincherarse es la consigna, y para ello acusar, mentir, insultar, faltar al respeto y despreciar todo lo que hasta ahora más o menos funcionaba, o directamente destruirlo dejando a continuación un erial del que probablemente será muy difícil recuperarse, pero esto último les da igual, para entonces ellos ya tendrán lo suyo y podrán ocultarse sin saber qué hacer con ello, puesto que tampoco para esto último tienen luces.

Queda el resto, la gente, la población, los ciudadanos, los habitantes de tantos y tantos lugares que asisten al espectáculo tal que ignorantes ajenos al fracaso general, que por otro lado también es el suyo, más abandonados si cabe, tan despreciados como humillados, y un muchos casos jaleando a los nuevos ganadores considerándolos erróneamente de los suyos -se trata de que ellos harían lo mismo de estar en su lugar-, de algún modo solidarios en su codicia y frustración, disfrutando viendo a caer a quienes más envidian y en el fondo siempre han temido, al fin redimidos (¿?) en su permanente orfandad de la que ahora, en conciencia seguros de ello, no saldrán nunca.

Y hay más, mudos y sin embargo solidarios en el fracaso general, tal vez expectantes y quiero pensar que todavía no derrotados.

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Derechos

Probablemente si buscáramos quién o quiénes ponen en circulación modas y tendencias que con facilidad pasan de las redes sociales a las noticias, sin serlo, además de acusaciones, denuncias y reivindicaciones, no llegaríamos a un punto o persona concreta; imposible saber en última instancia o señalar en el intrincado e intencionadamente confuso mundo de las redes sociales. Pero resulta que a partir de lo que en apariencia no tiene origen o motivo reseñable o noticiable acaba hablando todo el mundo, hasta quienes nada tienen que ver con las redes y su planificada y manipulada existencia.

Luego alguien tuvo que introducir la inexistente disputa entre jóvenes y viejos respecto a unos supuestos derechos a vivir con un mínimo de solvencia en los tiempos que corren. Una disputa que, puesta en marcha, no tiene otro objetivo que desviar el foco de atención de los puntos importantes que mueven y dirigen la sociedad, a la que se suman voluntarios y ponentes por parte de los supuestos perdedores, los más jóvenes, a la hora de tirarse los trastos a la cabeza, negados en sus derechos, atados de pies y manos y con pocas opciones a su alcance.

Aunque antes de rasgarse las vestiduras y colgarse el cartel de ofendiditos respecto a quienes, siempre según ellos, les perjudican, les están quitando el pan que merecen, deberían retroceder en el tiempo -con internet es bastante fácil- y buscar los problemas que en su momento tuvieron a quienes ahora acusan, que probablemente nunca son mejores o peores, sino los del tiempo que te toca vivir. Y si aún les parece mal que denuncien a sus propios padres por traerlos a un mundo imposible, por qué lo hicieron si sabían lo que sucedería en el futuro, porque sus papás tendrán algo que ver en que las cosas estén del modo en que están, ¿o siempre son los otros?

Otra cosa es que por el hecho de estar en este mundo nos creamos con derecho a merecer lo mejor de él, o lo que nosotros mismos consideramos que es lo mejor, siempre según nuestro particular punto de vista que, por supuesto, no va a quedarse a la zaga a la hora de pedir. Quizás muchos de los que se quejan deberían preguntar a sus progenitores por qué les educaron como si fueran, según la venenosa publicidad de Ikea, los reyes de la casa, sin advertirles que aquello era temporal y solo entre las cuatro paredes del hogar como república que la misma empresa publicitaba en los felpudos de entrada. Por qué nadie les dijo que una cosa era su casita, dónde ellos eran los tiranos reinantes a los que nada se les negaba ni nadie se oponía, y otra el mundo de ahí fuera, al que tarde o temprano tendrían que salir y enfrentarse, y desenvolverse a partir de lo aprendido en tan dulce y proteccionista hogar. Y habrá jóvenes que lo vean de otro modo, con los pies en el suelo, porque cuando vienen los problemas, que siempre los hay, ni mejores ni peores, los de tu tiempo, no puedes quedarte de brazos cruzados gritando y exigiendo lo que te mereces, porque te están ninguneando o impidiendo ser feliz, siempre según los confortables baremos del anhelado y desaparecido hogar –¡quién pudiera volver a ser niño!

Cada tiempo requiere unas formas, las que hay disponibles, también pueden inventarse, pero la solución no es acusar a quienes están socialmente al mismo nivel por no poder tener acceso a lo que, según la santa voluntad, nos corresponde por el mero hecho de estar vivos; quizás tocan otros esfuerzos para procurárselo -¡ah! el esfuerzo. Por qué acusar a quienes viven con lo que tienen y no acusar y denunciar a quienes hacen que las cosas sean como son -el mundo que nos ha tocado vivir no es una tradición ni se ha hecho solo, lo han hecho, y a conciencia, quienes mejor viven de él tal y como está. Pero para eso hay que desprenderse de las anteojeras y alzar la vista, mirar hacia arriba, a enemigos poderosos para quienes nosotros, acusadores y acusados, existimos como una gigantesca masa de consumidores a la que hay que explotar y exprimir hasta la extenuación. Ese es el verdadero culpable, o enemigo -llámesele como se quiera-, y mientras quienes están abajo no sean capaces de organizarse para enfrentarse a él y pierdan el tiempo señalándose entre ellos por cuestiones de edad, la cosa seguirán yendo estupendamente para aquellos. Si los consumidores, todos, son tan cortos como para tirarse los trastos y acusarse entre ellos, incapaces de reconocer al auténtico problema, las cosas seguirán tal cual, o incluso peor. La cuestión es saber dónde y a quién dirigir la mirada.

E, independientemente de todo ello, se nos olvida que venir a este mundo no implica garantía alguna de nada, excepto para quienes lo hacen en según qué clases y lugares, y también estos no dejan de estar sujetos a contingencias e imprevistos sobre los que es imposible reclamar, ni tiene sentido a no ser que todavía se permanezca en una mente infantil considerándose el rey, ya no de la casa, sino del propio mundo. De igual modo y echando mano de un cruel y desafortunado ejemplo, por qué ellos iban a tener más derecho a vivir que las desafortunadas víctimas del último accidente ferroviario, dónde pone que unos sí y el resto no, ¿cómo podemos ser tan estúpidos?

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Banalidades

Hace unos días tropezaba con la película, de inicios de siglo, El buen pastor, sin recordarla, ni mucho ni poco, aunque quiero imaginar que en su momento acudiría al cine para verla. Repito, no lo recordaba. Sobria, dirigida con temple y excelentemente interpretada, lo que en principio parecía un buen e interesante entretenimiento fue convirtiéndose, a medida que se desarrollaba la película, en una incomodidad que me hizo preguntarme qué hacía viendo aquella propaganda fascista. Y a continuación la duda de si, como provincianos periféricos aficionados al cine, la disfrutamos, y sufrimos, sin rechistar porque provenía del centro del mundo del espectáculo, y como tal había que tomarla, consideraciones políticas, económicas o sociales al margen; porque no te vas a poner a sacar peros y rebuscar entre la letra pequeña, también la que no aparece, cuando el producto reluce como nuevo, hecho para eso, desviando la atención hacia cuestiones que nada tienen que ver directamente con lo visto. Ganas de tocar las narices; se trata de cine, luego no nos salgamos de la linde.

La exaltación, modelo, celebración o ejemplo de cómo un individuo se dedica a tirar a la basura su propia vida al servicio de una causa con tintes sagrados que ni siquiera sabe por qué es suya, fiel, discreto y obediente como el más dócil de los criados, cínico y desconfiado de todos y todo y capaz de hundir en la más absoluta de las miserias  a su propia familia a cambio de nada al parecer era, e imagino que todavía es, algo digno de tenerse en cuenta y venderse a todo el mundo como un ejemplo de ¿integridad? ¿deber? ¿ciega fidelidad de lacayo al servicio de la aristocracia dominante? E inevitablemente hubo un momento en el que me vino a la memoria, salvando las consiguientes distancias, el nacionalsocialista Adolf Eichmann y su funcionarial y exigente diligencia en el trabajo, al fin y al cabo el medio con el que entonces se ganaba la vida.

Claro, en el caso de la película de Robert De Niro se trata de uno de los nuestros, los buenos, un sacrificado funcionario dispuesto a darlo todo por el sistema, un ejemplo, un héroe cotidiano de esos que hacen grande a un país, tal y como quiere volver a hacerlo Trump. Aunque llega un momento en el que, en la medida en la que a uno le interese, pueda y quiera saber, sobre todo en los márgenes, la diferencia entre buenos y malos se transforma en algo más que difuso, incluso llegando a invertirse; pero ni que decir tiene que al menos sabremos cuáles eran, o son, los nuestros, ¿o tampoco?

O, en definitiva, qué está bien y qué mal; hasta qué punto el trabajo que nos da de comer nos obliga con quienes nos mandan y pagan y dónde quedan los demás. Qué nos hace indiferentes y permisivos respecto a intenciones, objetivos, fraudes o directamente mentiras, no digamos posibles o futuras víctimas, como consecuencia de nuestro propio trabajo, del producto o resultado final del negocio o proyecto del que, como trabajador, uno forma parte; a lo que añadir el voluntario desconocimiento, o conocimiento, intencionalidad y responsabilidad del buen empleado dentro del entramado y su relación, más o menos directa, con los objetivos a cumplir.

Vamos a dejarlo en una película, otra más, de la que pueden obtenerse muchas más consecuencias y conclusiones de lo que se muestra en la pantalla, siempre entre el creativo y artístico candor del medio y la propaganda y manipulación más despiadada por parte de quienes, en última instancia, anticipan y se mueven unos pasos más allá del mero entretenimiento. Más importante, me parece, es esa mentalidad indiferentemente funcionarial que se ha incorporado al trabajo, cualquier trabajo, por la que el empleado, ya sea dirigente o subordinado, se despreocupa de los resultados y consecuencias de su labor -¿se pregunta en alguna ocasión qué está mal, qué es el mal?-, no importando que la manipulación, la propaganda y la mentira se conviertan en integrantes directos de ello, ya se trate de la venta de un coche, un detergente, un programa de televisión, una aseguradora o cualquier otro objeto consciente y deficientemente construido o producido; una inmensa mugre que enmierda, de arriba abajo, todo el sistema. Por eso creo que Eichmann está más vivo de lo que nos gusta creer, si es que todavía alguien lo recuerda; el solo se dedicaba a cumplir diligente y eficientemente con su trabajo, que era para lo que le pagaban.

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Final de fiestas

Otra noche festiva con frío, como todos los años, con establecimientos cerrados, quizás cansados de las fiestas, por falta de clientes o de ganas, porque no a todos les apetece abrir, que ya cuesta dinero, para aguantar a cuatro desorientados o perdidos, o directamente aburridos, que optan por un bar porque no tienen donde entretener las horas sin nada mejor que hacer, o no saben; también curiosos de paso dispuestos a echarse algo a la boca si ello les ocupa algo de su tiempo. Los pocos lugares abiertos no lucen como para echar cohetes, más bien lo contrario, por lo que el visitante va eliminando aquellos que se dejan ver casi vacíos o con alguna mesa que, en un primer vistazo, más bien parecen parroquianos sin nada mejor que hacer, charlar en un lugar conocido donde no dar explicaciones y obligatoriamente tener que consumir. Y si se hace balance del día transcurrido, la mayoría de los que han abierto sus puertas han permanecido a menos de medio gas, con más pena que gloria, luego hoy no ha sido un día que pasará a la historia, otro más. Pero el negocio es el negocio, y si uno ha decidido vivir de ello estas jornadas hay que sufrirlas por aquellas otras en las que es imposible dar abasto, corriendo y sin nunca llegar a la demanda, por lo que el servicio acaba resintiéndose, si no directamente colapsa, y las broncas, internas y externas, se multiplican; se agotan las existencias mientras el público no deja de acudir y solicitar algún hueco donde no cabe un alfiler.

Noche cerrada, pero no tan tarde como para estar ya en la cama aguardando, nerviosos, los posibles regalos por venir, para quienes todavía tengan, merezcan o crean en los regalos; también vale el intercambio comercial al uso de fechas señaladas, modas y negocios. Menos es nada. Qué decir de las sorpresas, lo que en realidad es un regalo, ese algo imprevisible e insospechado que provoca una primera e inesperada sonrisa que devuelve a primer plano lo humano que aún subsiste en nosotros.

Este año las casas adornadas son menos, en apariencia, o quizás es que ya han finiquitado las luces, pasan los días y van quedando menos ganas; el frío y la lluvia han arrasado con todo, hasta con las ilusiones. Por los lugares principales del pueblo, que tal vez en otro momento lucieron mejor, con más ambiente, y también alegría, van y vienen jóvenes de oscuro -y no es por la noche-, de un sitio a otro sin otra cosa mejor que hacer, moviéndose entre rincones más o menos abrigados donde otros colegas matan el tiempo estando, fumando, charlando o con el móvil como última y única excusa por la que no estar ya en la cama olvidados y olvidándose, quizás y en el mejor de los casos soñando con algún regalo. Siempre queda la esperanza de que la mañana del nuevo día tal vez deje alguna cosa distinta con la que enfrentar la sombría certidumbre de que será igual que la de hoy, porque de poco sirve una festividad que no la haga emocionante o diferente, y no el paso previo a una temible normalidad que les deja, si cabe, un poco peor de lo que están, puesto que el tiempo sigue su curso y ellos permanecen en el mismo lugar, haciendo las mismas cosas, o nada.

Afortunadamente el local elegido, a pesar de su fría y semivacía impresión, cuenta con alguien que, si no alegre por estar vivo y trabajando en esta triste noche previa a la Noche de Reyes, es capaz de sonreír sin nubes mientras atiende con una amabilidad que, en contraste con la oscuridad de este final del día, llama favorablemente la atención. Sonreímos, hay preguntas y las consiguientes explicaciones, aclaraciones y también recomendaciones, y lo que en principio parecían malos presagios, incluso augurios, más propios que reales, como es habitual y debido a esa mala costumbre que tienen algunos de ver la botella medio vacía, acaba convirtiéndose en un buen y agradable rato que finaliza con agradecimientos mutuos y buenos deseos. Qué mejor regalo de Reyes.

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Nuevos viejos tiempos

La música siempre ha sido un objetivo fácil a la hora de colgarle etiquetas por parte de quienes, poco o nada interesados en ella, gustan de usarla como propaganda o promoción de su parcela y los beneficios que ello puede procurarles, o directamente aprovecharse de su tirón popular para objetivos que nada tienen que ver con la música. Se suceden las etiquetas y el personal aficionado, o al que simplemente le gusta la música, encuentra ellas un recurso innecesario a la hora de clarificar sus gustos y pertenencias, no por nada en especial, o tal vez sí,  ya que de ese modo es posible crear bandas, facciones o intereses mediante los cuales marcar diferencias y/o enfrentarse a otros, con los que nunca hubo una relación, con la excusa de la música. Aunque solo se trata de música, y no de consignas ideológicas o conductuales por las que competir o partirse la cara con desconocidos.

Ahora parece ser que también existe el pop cristiano (¿?), tal y como venden los medios conservadores, que imagino debe ser algo así como si la música de las sacristías y coros de las iglesias saltara a los recintos de conciertos, adaptación torticera de temas y melodías de otros que nada tienen que ver con la religión o, ya puestos, homilías y sermones piadosos y de buena voluntad interpretados por jóvenes bien con el acompañamiento de instrumentos electrónicos. Una decisión como otra cualquiera si no fuera porque, además del evidente e irrespetuoso proselitismo religioso siempre beligerante frente otras creencias, más bien se trata de un hipócrita lavado de conciencia -un modo de compasión hecho a la medida- que evita tener que arremangarse y dedicarse a ayudar a los que lo necesitan -tal y como probablemente cantan-; un aséptico buenismo coral que la música ayuda a difundir, junto a la pulcra y liberadora alternativa a la hora de mantener las distancias y de ese modo no mancharse ni mezclarse con otros que no sean los suyos.

 No deja de resultar curioso que jóvenes, que deberían estar preguntándose por qué, cómo o cuál ha de ser su papel a la hora de renovar este maltrecho e injusto mundo, que también es el suyo, inclinen obedientes la cerviz al servicio de un estatismo religioso que solo busca perpetuar su poder. Nada de sexo, drogas y rocanrol , sino castidad, rezos y alabanzas corales dirigidas a un limbo espiritual que comienza y acaba en sus propias y verdaderas convicciones -qué peligroso y discutible concepto es la verdad. Y del ímpetu renovador de las nuevas generaciones, esas ganas de comerse el mundo, intentar darle la vuelta, o de descubrir el propio cuerpo cuando la naturaleza recién abre las puertas a sus poderosas manifestaciones sexuales nada de nada, más bien pecado, represión, intolerancia y desconfianza, o directamente desprecio, tanto hacia el propio cuerpo como hacia quienes no son de la misma cuerda, incluida la petulante arrogancia de advertir públicamente que rezan por nosotros, a pesar de todo, rogando a su dios que nos haga reconocer nuestro error y la posterior conversión al verdadero camino.

En definitiva, si de música se trata solo hay buena o mala música, el resto son ganas de marear la perdiz por simple falta de argumentos, o peor aún, una nueva cruzada buenista a tono con los tiempos -no estamos en el medievo ni está bien echar mano de espadones para reprimir, reconducir o eliminar a los herejes. Aunque quizás tampoco sea para tanto, solo se trata de buenos chicos, orgullosos de su clase y sus mayores -patrimonio, estatus, herencia, etcétera- a los que les gusta la música y ven en ella un medio para dar salida a su candoroso fervor, mostrándoles con ello el camino a los pobres, a quienes no saben o están directamente perdidos.

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Callejear

Pasear, dejarse llevar por calles atestadas en las que desembocan otras menos principales y estrechas, menos vistosas, con pocas luces y establecimientos comerciales, más oscuras pero no más tristes, por donde acortan quienes van de paso o con prisa, sin tiempo para detenerse en escaparates, porque apenas hay, en transición hacia una cita u ocupación de la que esa pequeña travesía se convierte en un atajo alejado de la muchedumbre y su indeciso deambular. Caminas dejando atrás, es probable que de regreso al hogar, a una pareja irritada rumiando una dolorosa realidad que parecen no acabar de entender, los niños en sendos carritos, por la comodidad, llorando y gritando porque quieren lo que no pueden tener, quizás nunca, en parte debido a su egoísta voluntad y en parte a las limitaciones de unos progenitores provistos de unos gorros festivos que en otro momento lucirían ridículos en sus cabezas, también ahora, obligados por la caricaturesca inutilidad de su misma concepción justificando un modelo consumista que en estas fechas se multiplica por más de mil, un plus de felicidad que para todos no es igual; para unos es, para otros son solo las fechas y los hay que se toman estos días como un interludio necesario que relaja y diluye el absurdo frenesí de la vida cotidiana, evitando de algún modo que su locura nos vuelva más locos de lo que ya lucimos. Sin embargo, apetece dejarse embobar por esa chocante felicidad callejera que te lleva, de tropiezo en tropiezo, hasta un grupo de mujeres, con tantos años como ganas de vivir, reunidas en círculo entonando canciones populares en medio de una plaza abarrotada, siempre mujeres, al parecer las únicas capaces de hacer lo que en ese momento les apetece sin tener que pedirse explicaciones a sí mismas, porque jamás veríamos a grupos de hombres hacer lo mismo, ya que eso es de… no lo sabrían explicar porque su específica educación masculina les encamina hacia otros derroteros que por desgracia siguen ignorando y parece imposible que puedan alterar, o al menos preguntarse, ¿por qué no somos capaces de reunirnos en un corro y cantar, o es necesario estar ebrio para semejantes alardes de jovialidad? Lo mismo de siempre, pensamiento que se evapora al instante, en la siguiente calle, más tranquila y oscura, donde algunas parejas jóvenes contemplan detenidas, sonrientes y curiosas, una fachada recubierta, o tapida, de lo que a medida que te aproximas compruebas que son pequeñas notas ensartadas en numerosos alambres supuestamente anclados a la pared, una cubierta de diez o veinte o centímetros de grosor, si no más, envolviendo o decorando hasta ocultarla por completo la fachada del establecimiento; y entre las miles de notas clavadas de cualquier modo, en un cartel que cuelga de su pequeña entrada, puede leerse que estás ante la tienda de los deseos, seguido de unas pocas indicaciones a la hora de rellenar tu correspondiente petición, que después ensartarás en algún alambre libre haciendo sonar a continuación una campanilla que cuelga también del dintel… No puedo leer más porque nos jóvenes copan el acceso entre risas y promesas de un futuro que para ellos se prolonga mucho más allá de estas fiestas, al menos así lo esperan, lo sienten, y no es momento de inmiscuirse por mera curiosidad, aunque una mujer solitaria que baja por la misma acera sonríe haciéndoles saber en voz alta que ella ya lo hizo y aquí sigue. Toca cruzar la calle, sonriente por invento tan simple como entrañable y la mera ocurrencia de hacerlo público, y su masiva aceptación a la hora de dar carta pública a unos deseos que, ojala más tarde que pronto, la cruda realidad suele poner en su sitio evidenciando que en el fondo siempre se trató de eso, deseos que en la mayoría de las ocasiones son a sabiendas de la imposibilidad de su realización, o en su misma concepción, pero, bueno, ¿por qué no? No existe obligación y no cuesta soñar, como nada tiene que ver con los sueños la escena con la que me tropiezo tras la siguiente esquina, bajo la austeridad de una iluminación callejera interrumpida por una ambulancia de urgencias empantanada en medio de la acera, las puertas abiertas y una mujer en traje de faena atenta a lo que ocurre en su interior, interior que se muestra a mi paso y en el que pueden distinguirse a dos compañeros atareados sobre un pecho desnudo tumbado en una camilla que probablemente no lo está pasando nada bien, o quizás sea la última vez que puede mostrarse a la atención de quienes harán todo lo posible porque la felicidad del exterior, de estos días, no lo abandone definitivamente allí de donde no se puede regresar. Y mientras sigo caminando pienso en la injusticia del precisamente a mí, por qué injusticia, solo la confirmación de que se trata de la propia vida, su aleatoria e inexplicable bondad acerca de la que nada puede hacerse porque, si se nos había olvidado, tarde o temprano llega un momento en el que esta felicidad que ahora nos lleva nos deja.

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¿Qué cine?

Con la espléndida exposición de la obra de Maruja Mallo todavía reciente no es nada conveniente cometer el desafortunado error de meterse en un cine y ver, no sé cómo llamarlo, así como también ignorar los motivos o la pertinencia del invento, la película Los domingos. Casi como un salto al vacío, pasar de una mujer y una obra exuberante, libre y moderna a caer en una especie de panfleto doctrinario sobre una adolescente bien del que pueden extraerse tantas conjeturas como dislates. Y a la evidente incomodidad ante aquello que quizás se escapa, se añaden las inevitables preguntas ¿en qué piensan las mujeres? ¿cómo hemos llegado a esto? 

Ni siquiera Nick Cave y la sorprendente interpretación de un tema suyo arregla aquello, más incertidumbre, si cabe. Mostrar otro ejemplo de requisa y manipulación torticera adecuada a los intereses doctrinarios de la iglesia católica, capaz de hacer suyo el fruto artístico de un determinado y dramático proceso creativo y convertirlo en propaganda con la que aleccionar a chicos bien. Otra prueba más del versátil y sumamente hábil gen adaptativo del poder religioso a la hora de arrimar a sus intereses cualquier producto que venga bien para alentar y motivar al rebaño.

Qué decir de la película, sobre todo si no estás iluminado por ese regalo divino que, dicen, es la fe, incluida la mirada por encima del hombro e insolente desautorización de todos aquellos que no piensan como ellos o, todo lo contrario, recelas e incluso desprecias ese ambiente dogmático y reaccionario que dejan ver los tan resplandecientes como tenebrosos rincones del poder religioso. Se me escapa la importancia, o trascendencia, de las serviles alucinaciones de una menor de edad. Da igual si la pretensión de la película es ensalzar o denunciar, ¿con qué objeto? Si al final resulta que, independientemente de edades y condicionamientos sociales, cada cual puede hacer lo que le venga en gana, ¿dónde está el interés?

Como es llamativo, o un exceso de manipulación, enfrentar “la juvenil pureza” del personaje principal y su jubiloso descubrimiento, en la casta y cristiana flor de la vida, a unos adultos tan rudimentarios como inútiles, fracasados ridículos en sus excesos, en resumen, un higiénico muestrario de los peores tópicos humanos con  el único motivo de resaltar la gozosa verdad de la protagonista que, por supuesto, se encarga de mostrar mucha más cordura y sensatez en su comportamiento que los disparatados mayores que la rodean.

Con jóvenes tan inanes como anodinos, los destellos del impagable cura guay, el hombre, de aspecto juvenil y maneras enrolladas que, sin embargo, atesora sabiduría, comprensión y una experiencia única de la vida (¿?); y la inestimable aparición de una superiora de sonrisa y ademanes beatíficos -¡qué magnífica interpretación!- fácil de reconocer para aquellos espectadores que hayan pasado durante su etapa educativa por un colegio religioso, espléndido ejemplo vivo de esa viscosa y inflexible atención -dedicación, dicen- hacia los infelices descreídos que todavía dudan o son incapaces de sentir y ser iluminados con la luz que a ella le llena por completo. 

Probablemente este tipo de artificios sean reivindicados como cine muy personal, sin otra pretensión, algo que creo es falso por innecesario. Y no puede dejarse a un lado el doctrinario que subyace, ordena y en cierto modo justifica el invento, una muestra cinematográfica del poder de una burguesía foral, nacionalista y católica ostentando y reivindicando sus valores y tradiciones -dios, patria y familia-, pura propaganda. incluido el ineludible derecho a un idioma internacionalmente asumido por un desenfocado argentino, creo, de quien uno no acaba de saber qué pinta allí.

Volviendo a Maruja Mallo y su mera existencia como referente de futuro, es histórica y socialmente decepcionante que una sociedad del siglo XXI haya de detenerse, o arrodillarse, ante las alucinaciones y el rancio narcisismo de una adolescente exhibida como símbolo de ¿los tiempos que corren? Pues que dios nos coja confesados.

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