Tatuajes

Hace ya años, en un bar de verano tomando unas copas charlábamos con un presidiario, no recuerdo si de permiso durante la condena o definitivamente fuera, habiéndola cumplido. A pesar del buen tiempo llevaba manga larga, no hizo falta preguntarle por qué, puesto que la conversación derivó hacia la cárcel y el ambiente, los compañeros, las reincidencias y las dificultades, una vez fuera, a la hora de volver a recuperar una vida normal, teniendo que obviar y directamente ocultar un pasado del que no se sentía muy orgulloso, y los tatuajes que la manga ocultaba eran una pista no deseada acerca de aquel. Prefería tenerlos a buen recaudo porque, sobre todo a la hora de buscar trabajo, eran un claro impedimento.

En la actualidad esto suena muy antiguo o directamente desfasado, hoy los tatuajes se han convertido en moda para una generalidad muy variopinta, adeptos por amor, también hacia sí mismos, por afición, aventura, reivindicación, timidez, vergüenza o problemas de definición personal -las dificultades de siempre a la hora de la madurez de tantas generaciones. El tatuaje te sitúa e identifica sin que tengas que abrir la boca, por si no tienes mucho que decir. Proliferan los establecimientos especializados y no tanto, pues parece que cualquiera con un curso acelerado puede pincharte con una aguja y cubrirte con tinta hasta que digas basta.

Atrás quedan aquellos puñales solitarios, los intrigantes puntos en las manos que en realidad nadie sabía qué significaban, corazones, con y sin coronas de espinas, goteando sangre -una o dos gotas-, algún que otro nombre inscrito en el susodicho corazón o los amores de madre tan limitados y equívocos como sentidos. Hoy uno puede entintarse hasta las uñas, según gustos, desafíos personales, lucha contra complicados traumas o prejuicios que se pretenden definitivos, por fidelidad o por consejo o recomendación de amigos y expertos; también como rebeldía, porque sí y puedo, como nadie o por puro aburrimiento. Mientras haya piel que manchar no existen los límites.

Los hay atrevidos que se lanzan a por todas y diseñan verdaderas composiciones que en conjunto tienen su atractivo, desconozco si la idea es por completo propia o eligen entre una amplia oferta de resultados contrastados definitivos; o simplemente a la carta. Carta que, sin embargo, parece no ofrecer muchas variaciones porque la repeticiones son casi infinitas, algunas aterradoras, lo que en cierto modo deja ver unas carencias imaginativas que descubren unas limitaciones estéticas que fomentan el más de lo mismo, en algunos casos rozando el disparate. Las mismas zonas del cuerpo e idénticas figuras y/o composiciones, los motivos prefiero no entrar en detalles porque en más de una caso las respuestas quizás fueran decepcionantes. Imagino que luego, en casa y ante el espejo, se miraran y remirarán, autoconvenciéndose si todavía quedan dudas o piropeándose por lo bien que lucen y lo interesante que se muestran, siempre según sus peculiares puntos de vista; porque también los hay amenazadores, imágenes que repelen más que atraen y fomentan todo lo contario a un acercamiento o sincera y abierta sociabilidad. El tatuaje hoy habla por uno mismo, eso me gusta pensar, porque de lo contrario sería ponerse en manos de otra moda que tarde o temprano tendrá que acabar, con lo que habrá que apechugar con él o ellos y reaprender a hablar para relacionarse con los demás. Y si se simultanean con colgajos, agresiones y perforaciones en cualquier parte del cuerpo susceptible de serlo ¡uf! Cuánto por decir, o todo lo contrario.

Y frente a los valerosos que se atreven con todo su cuerpo están, curiosamente, los más temerosos, desmotivados o desganados que prefieren ir poco a poco, como si no estuvieran convencidos o aún recelaran de lo que significa tatuarse la piel; primero en lugares más bien ocultos o reservados. Una decisión difícil porque es para siempre, hacerlos desaparecer, por el contrario, resulta algo más complicado; lo que viene a ser como a renegar de sí mismo o de lo que en cierto momento uno quiso o fue. Son tales las dudas, o la falta de convencimiento por parte de estos tímidos, y por lo tanto de decisión, que las marcas se acumulan sobre la piel como si fueran pegatinas, cada cual de su padre y de su madre, de forma desordenada e incluso caótica; en función de momentos, aficiones o amistades, que todo vale. Así que, si por casualidad te fijas no sabes cómo interpretar aquel batiburrillo de saldos que confunden más que hablarte. Como borrosos lucen sus portadores, en permanente duda entre lanzarse a la piscina de una vez por todas o ir metiéndose en el agua poco a poco, no sea que sufran un corte de digestión y sea entonces peor.

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No hay palabras

Entre vulgares y espeluznantes las imágenes no necesitan palabras, si es que uno mismo es capaz de reprimir la incredulidad ante lo que está viendo y sus inesperadas consecuencias, para, a continuación, con la misma incredulidad, sin todavía creérselo del todo, vuelve a ver porque igual se trata de un error, o un montaje hecho con IA. Porque no puede ser posible que algo así ocurra hoy.

O sí, Probablemente mi credulidad me traiciona, ya que existe el sentido común, sin que ni yo mismo sepa que puñetas quiere decir sentido común, eso que, según dicen, impediría que lo que acabo de ver llegara a producirse. Nadie es tan despistado, negado, inepto, incompetente o estúpido como para cometer semejante dislate.

Estoy hablando de las imágenes en las que una joven de veintipocos años es lanzada literalmente al vacío desde un puente por dos tipos que la sostienen sobre sus brazos. Tal cual. Intento imaginar a la joven desgraciada, tan rígida y nerviosa como excitada, con los brazos abiertos y temblando de miedo por la experiencia única que está a punto de vivir. Y con razón, porque será tan única e increíble que no saldrá viva de ella.

Vuelvo a decirme que eso no puede ser posible, que se trata de un montaje, pero no, lo encuentro en otro medio y las imágenes se repiten. Sigo sin saber qué decir, pero ahora soy incapaz de ponerme en el lugar de la mujer porque me parece tan injusto como imposible, y sería pecar de arrogante.

Pero no por ello dejo de darle vueltas. Qué nos está pasando, cómo hemos podido llegar a tales extremos. No se trata de si los tipos del puenting eran o no legales, si estaban autorizados, tenían permisos, habían pasado todos los requisitos para dedicarse a tal actividad. Si disponían de las correspondientes acreditaciones, no sé, trámites, credenciales, materiales, medidas de seguridad o lo que sea que haga falta para acometer ese tipo de aberraciones con las que atraer a personas aburridas de vivir cuando todavía no han comenzado a hacerlo. Mucho peor que lanzarte al agua cuando no sabes nadar, porque en este caso nadie te va a poder salvar en el último momento de morir estrellado, que no ahogado.

Ni siquiera vale como excusa la ingenua confianza de la desgraciada víctima. Vuelves a imaginar que antes de dar el paso preguntas acerca de la solvencia y fiabilidad de esa gente, compruebas por ti misma las mínimas medidas de seguridad atendiendo a lo que a continuación vas a permitir que hagan contigo. Y las personas de alrededor, obnubilados, embebidos, abducidos por la emoción o es que literalmente hacían de espectadores imbéciles. Con perdón, porque no se me ocurre otra cosa. En situaciones así los errores, despistes, excusas y justificaciones dejan de tener sentido. Nadie, absolutamente nadie, y digo mal, fue capaz de ver más allá. Incluidos los directamente responsables que sostienen a la mujer lanzándola al vacío; tan obtusos y ciegos estaban. Tampoco se trata de la calidad de los materiales, su adecuación a las circunstancias, las medidas de seguridad secundarias, no sé, un mínimo plan B o lo que sea que se precise en tales barbaridades.

No se me va de la cabeza la opción del montaje, porque de lo contrario me sigue pareciendo imposible. Tales descerebrados no deberían… ¿qué? Son las propias víctimas quienes horrorizadas ante el vacío de sus propias vidas necesitan con urgencia emociones que les impidan pensar, dejar a un lado la propia consciencia poniéndose en manos de cualquier irresponsable que les venda el paraíso de las emociones en la tierra. Literalmente, me repito, lanzar al vacío a una persona para que se estrelle contra el suelo. No hay palabras.

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El tren

No se me ocurre en este momento calificar la situación porque, tratando de resumir, sería una más de las que sufren los ciudadanos de a pie, en este caso los ciudadanos del ferrocarril, ese medio de transporte que facilita, dicen, el acceso allá donde se necesite -qué gran mentira- y que casi ningún político, esos otros ciudadanos encargados de que todo funcione con un mínimo de garantías -pues para eso están- utiliza, quizás porque conociendo los entresijos del medio prefieren el coche oficial o el taxi que pagan las dietas antes que aventurarse y finalmente no llegar a tiempo, o directamente no llegar.

Otra más, después de una larga jornada de trabajo y de regreso a casa a última hora del día, más harto que cansado, te paran más de media hora en medio de ningún sitio sin que nadie te informe, ya no del por qué, pero al menos el tiempo aproximado, para que quien te espera sepa a qué atenerse, o irse ya a la cama porque para aquella, o aquel, también es tarde.

Y sin embargo la gente no se altera de forma ostentosa, ni siquiera visible, aguanta con santa resignación el literal abandono con el que habitualmente castiga la compañía ferroviaria nacional a sus, como le gusta decir, clientes. Una compañía fatalmente organizada -si es que alguien en su organigrama conoce el significado  de organizar-, incompetente e insostenible que, sin embargo, paga a sus empleados de forma más que decente a costa del desprecio más olímpico hacia sus usuarios. Una compañía que siguen manteniendo un material ferroviario en estado comatoso, que desatiende toda atención o información hacia los viajeros, ni la electrónica incorporada a los vehículos, que debería funcionar por defecto y solo muestra pantallas permanentemente apagadas, y mucho menos la presencial; habituada a poner en funcionamiento trenes repletos de pasajeros sin personal que, ya no revise el correspondiente carnet o billete, sino que, llegado el caso, se atreva a informar mínima o aproximadamente de cualquier imprevisto que altere el normal funcionamiento del servicio.

Dicen, en cambio, que la alta velocidad funciona mejor -dicen- y no es cuestión de entrar en detalles escabrosos o directamente desagradables, claro, pero a costa de hundir, literalmente, los trayectos de media distancia y externalizar la totalidad de los servicios que, como compañía ferroviaria, siempre se ha encargado de atender. Son otros tiempos y el viajero, cansado de ser humillado un día sí y otro también, como de costumbre, perdió hace tiempo las ganas de reclamar, ya ni se queja en voz alta o intenta de comentar con el de al lado el abandono al que permanentemente están sujetos. Porque si después de correr como un poseso de un andén a otro porque a los autistas del puesto de mando se les ha ocurrido cambiar la vía del tren en el último momento sin preocuparse de informar a quien corresponda para que avise al viajero con tiempo suficiente, a riesgo de romperte la crisma o quedar aprisionado en alguno de los numerosos tapones que forman tantas personas con prisa de un andén a otro, y poco después te dejan tirado sin que nadie se digne a informarte de lo que sucede -por si se trata de una excepción-, ya ni siquiera sirve rezar. Por si lo dudabas de inmediato tienes la confirmación de que en aquel convoy solo van un maquinista y cientos de viajeros, y este último no tiene pensado salir de su cabina para calmar los ánimos, es más, se encargará de que la puerta esté bien cerrada para evitar inoportunas intromisiones, o tan solo explicaciones -he tenido la suerte en alguna ocasión de oír por megafonía interna cómo el maquinista informaba a los pasajeros de lo que estaba sucediendo, los motivos por lo que lo estábamos y cuánto tiempo, según sus apreciaciones, íbamos a continuar detenidos; y no fue un sueño.

Estas letras no dejan de ser una mera queja de algo que viene sucediendo casi desde siempre, ocurre que se nota más cuando el número de viajeros se multiplica casi exponencialmente y los medios disminuyen sin que nadie haga nada por solucionarlo, tampoco quienes pueden o deberían, porque están ahí para eso. Nadie reclama en toda regla, hasta colapsar el departamento correspondiente, y consiguientemente nadie mueve ficha; nos queda la feliz publicidad con la que nos vuelven a engañar a la hora de ofrecernos un servicio público que en el fondo muchos de sus trabajadores y sus mismos dirigentes nunca han entendido y sin embargo desprecian.

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Adicciones

En las imágenes publicitarias de una película no sé si sobre la moda o sobre la al parecer muy interesante, altanera y despreciativa arrogancia del poder, ignoro si estrenada o a punto de estrenarse -¡ah! el cine americano y su poderosa y espectacular propaganda ideológica a la hora de abducir siervos para el sistema- una trabajadora con pinta de lista, gafas incluidas -algo importante, porque ese no es el ámbito políticamente correcto de la belleza-, derrochando eficiencia y en completo uso de su libertad, veinticuatro horas al día pendiente de los deseos de su dueña, perdón, jefa, advierte que esta última se ha encaprichado de una prenda vista en cualquier lado y que, precisamente ella, no posee -otra insolente y dolorosa punzada de ese maldito azar y su injusta aleatoriedad-; lo que significa en lenguaje del servicio y sin necesidad de palabras que la quiere para ayer. Y como en estos casos los pensamientos del ama son órdenes para sus servidoras, perdón, empleadas, ella, que dispone de un dispositivo móvil último modelo -del que nadie sabe el precio, caro, por supuesto, y tampoco a costa de qué o cuánto lo ha conseguido- manipula con destreza el artilugio y encuentra el modo de satisfacer el deseo de su señora, lo que quiere decir que inmediatamente lo exige allá donde Cristo perdió el gorro -porque hoy en día no hay lugar lo suficientemente lejano como para dejar de satisfacer los deseos de nuestros dueños-, sabedora de que lo tendrá allí mismo en cuestión de horas, qué digo, minutos si es preciso. No falta tampoco en este caso la guapa y sonriente becaria haciendo de perrillo faldero y babeando maravillada porque su superiora inmediata sea tan “lista” a la hora de satisfacer a los amos; hecho que queda puntualmente anotado como propósito de enmienda que la hará esforzarse aún más la próxima vez con tal de ponerse a la altura de su cabecilla inmediata y aspirar a un puesto más próximo a las suelas de esta última, lo que en última instancia significa más cerca del ama y señora.

Estas diligentes empleadas probablemente dediquen sus días al completo al servicio de su dueña, perdón, jefa, sin familias de interés -otros pobres diablos-, amigos, ocio o intimidad -da igual, porque si has nacido para servir tu fin en esta vida está a los pies de tus amos, de rodillas ante los que, con mejor fortuna, puso Dios en su lugar como guías y referentes para tenerte permanentemente a su disposición, es decir, durante toda tu vida, hasta que se harten de ti u otra más lista te birle el puesto por lo civil o por lo criminal.

La diestra manipulación del dispositivo móvil por parte de la estupenda y siempre activa lacaya, perdón, trabajadora, pone en movimiento a un gran número de individuos en cualquier parte del mundo que, como corresponde a sus humildes y serviciales nacimientos, viven, se reproducen y mueren con el único objetivo de estar pendientes de los amos del cotarro, sin otra cosa que hacer que atender ruegos o mamarrachadas, da igual la importancia o absurdo de los requerimientos. Un gran número de sujetos u objetos que cultivan o fabrican las fibras de la tela, la tiñen, almacenan, cortan, cosen y vuelven a almacenar si es menester, sin despistarse y dejar de atender las órdenes y consignas de otros como ellos pero con más suerte que les harán recoger, empaquetar y enviar a otro lugar lo fabricado sin que importe la distancia. Prenda que alguien recibirá en el destino y llevará a otro almacén o, como en este caso, no será necesario porque solo queda salvar la distancia hasta la meritoria y eficiente sierva del principio, perdón, empleada, que de inmediato pondrá a los pies de su queridísima ama que, con altiva displicente actitud, siempre guardando las obligadas distancias con el servicio, sin mezclas, ojeará por encima y tal vez llegue a probarse, confirmando que es de su gusto y consiguientemente está dispuesta a mostrarse con aquello colgado de su exquisito y bien cuidado cuerpo. Incluso puede que salga a la calle con ella puesta, ostentando su poder a la hora de hacer sus deseos realidad -el sueño de tantos y tantos que suspiran y trabajan a destajo y que no alcanzarían en cien vidas. Pero también puede que no le guste porque no es su estilo o ¡vaya usted a saber! ¡semejante bajeza! Por lo que la eficiente criada, perdón, trabajadora tendrá que aguantar una merecida reprimenda por no saber, qué saber, no anticiparse a los exigentes intríngulis del gusto de su señora y evitarle la vulgaridad de probarse algo que, ofensivamente, jamás fue con su estilo; ¡cómo pueden permitirse semejantes errores entre el servicio! Quizás sea momento de relevar a aquella pretenciosa y dar una oportunidad a alguna de las que, como sonrientes y dóciles corderitos, corretean a su alrededor aguardando una oportunidad para demostrar su servilismo, perdón nuevamente, su acatamiento y fidelidad.

No deja de llamarme la atención esa permanente y adictiva voluntad para humillarse de la que somos capaces los humanos.

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Cambiar

Abandonar lo que hasta ese momento es el hogar, tu casa, tu refugio, el lugar de siempre, donde uno llega cansado o derrotado y descansa, se relaja y desordena cuanto quiere, peca contra las apariencias y sí mismo sin remordimiento ni escrúpulo y quizás donde la pereza o la desidia acaban finalmente gobernando. Dejar de recorrer itinerarios que de tan familiares los consideras propios y casi puedes hacerlos con los ojos cerrados, las mismas calles, esquinas, cruces y aceras; los mismos edificios, sus ventanas, los establecimientos públicos ante los que ya no te detendrás, ni pasarás, tampoco a tomarte un café o una cerveza mientras charlas con la clientela de siempre. Y ya no verás a las mismas personas, a las que saludas sin que en muchos casos sepas nada de ellas, ni te importe, en las que tal vez confías tan solo por la frecuencia con la que os cruzáis, aunque solo sea por eso.

El espacio donde convives diariamente con quienes en principio estas unido de múltiples formas, por lazos familiares, de compromiso, amistad o por simple imposición de otro, u otros, que también consideran aquel lugar su casa y por lo tanto entienden que tienen derechos adquiridos sobre ese ámbito común.

Para llegar y ocupar a otro lugar que en principio desconoces, por otros caminos, calles, pasos de peatones y edificios distintos, otros establecimientos que los primeros días atraerán tu curiosidad, tan diferentes y a la vez tan iguales a los que acabas de dejar. También entre otra gente de la que desconoces todo, como muchos de los que abandonaste en tu antiguo hogar y sobre los que dejaste de preguntarte hace tiempo, y sin embargo ahora te preguntarás por estos desconocidos, con curiosidad incluso, su apariencia, su prisa o los vehículos que ocupan. Deteniéndote en su aspecto y mirada para la siguiente ocasión en la que te cruces con ellos, y entonces sí los reconozcas; y quién sabe qué pensamientos o premoniciones se te ocurrirán, de quién desconfiarás tan solo por esa primera impresión y en quienes ni te fijarás porque son de los que pululan por todos sitios, idénticos en su anodina presencia, se repiten da igual el lugar hacia dónde dirijas pasos y ojos.

Un lugar en principio extraño y que en el mejor de los casos quizás sabías de él, habías visitado en alguna ocasión o incluso sueles visitar con relativa frecuencia, lo que te permite, a poco que intentes forzar memoria e imaginación, visualizarlo mentalmente para saber de qué dispones, sus dimensiones y cómo has de hacerlo para habilitar entre esas paredes tu estancia, hacerlo acogedor, tu nuevo refugio, algo que en principio se antoja difícil por lo que tiene de inconveniente todo cambio, más si eres alguien tendente a lo estático y poco dado a las alteraciones espaciales y/o temporales, de estrictas rutinas, con lo que tienen de malo y de bueno, de malo por los inconvenientes y problemas que supone su pérdida y la desorientación que procuran, y de bueno porque cuando consigas organizarte con las nuevas volverás a sentirte seguro y a gusto. Pero eso será luego, cuando lo consigas, así que mejor no pensar de momento en las tareas pendientes, sino que se trata de ir poco a poco enfrentándote a ellas.

Puede que hayas de rehacer tu vida como si de una nueva vida se tratara, adaptarte y reencontrarte, sortear dudas y eliminar temores, habituarte y comenzar a sentirte “en casa” otra vez, la tuya, o al menos así lo pretendes intentando que el tiempo que tienes por delante te sea lo menos lesivo posible.

Como también es probable que para ti los lugares no tengan importancia, tampoco tu casa, un espacio que obligatoriamente ocupar porque es lo que suele, no vas a vivir en la calle o debajo de un puente; difícil si no tienes ninguno a mano. Quizás eres capaz de estar y habitar cualquier sitio porque el lugar en sí no importa, no necesitas de sillones, rincones u objetos que hacer tuyos en el sentido más íntimo de la expresión, donde refugiarte cuando vengan mal dadas, descansar o los problemas te pidan ponerte a resguardo y reflexionar; también ocultarte hasta que no tengas más remedio que volver a enfrentarte a lo que dejaste a medias o abandonaste y a tu regreso compruebes que no ha desaparecido, sigue ahí, ¿qué haces entonces?

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Quejas

A raíz de una conversación subida de tono, más bien discusión, que me cogió por sorpresa y sin tener nada que ver con el asunto, testigo involuntario de una de tantas que suceden diariamente, tuve oportunidad, posteriormente y a salvo de los contendientes, de reflexionar sobre una situación completamente ajena a mis circunstancias pero de la que he sabido o me han contado en más de una ocasión.

Se trataba de una queja en apariencia inexistente para uno de ellos. De las varias acepciones del verbo quejar alguna tiene que ver con el resentimiento o simple disconformidad respecto de hechos y situaciones que nos afectan directamente y no siempre parecen ser bien entendidas, mucho menos asumidas, en este caso por una de las partes y que motivaba la queja. Se repiten en situaciones que inevitablemente acaban derivando hacia cuestiones personales, a veces de forma muy seria, ese espinoso terreno en el que es tan fácil atascarse, simple egoísmo, incapaces de mirar un poco más allá -¡uf! si fuéramos capaces de vernos con la imparcialidad que solemos para los demás-; en fin, un tema harto complicado. Pero al parecer no es tan sencillo, llegándose a un punto de ofuscación en el que dejan de existir razones que no sean las propias, con el añadido, en cambio, de considerar a los quejosos como egoístas que solo piensan en sí mismos -en este caso, como en tantos otros, mí situación y lo que considero mi problema es lo único importante-, lo que deriva en que puedo acusar a los otros de mala fe por no ponerse en el lugar que les corresponde (¿?). En el fondo todo esto se reduce a una cuestión de respeto, algo que no todas las partes entienden por igual, o ven necesario, mucho menos indispensable.

Como felizmente vivo con mi pareja, tengo mi casa, me gusta follar y tener hijos, además de trabajar, salir y divertirme, doy por hecho que los demás han de entender y aceptar mis prioridades, mejor, necesidades; que los demás también tengan las suyas carece de relevancia ni es lo suficientemente importante. En este caso se trata de hijos y padres, por este orden, y sucede que los padres al parecer carecen de prioridades por defecto, más bien ejercen como almas perdidas que acabarían abandonadas en un rincón si no fuera porque los queridos y responsables hijos se acordaran de ellos y los requirieran según unos aprietos que en más de una ocasión son solo caprichos. Y qué mejor que ayudar a los hijos, lo de querer o no querer, apetecer o tener cosas que hacer no viene a cuento, se trata de los hijos y eso son palabras mayores, y en este caso también de nietos.

Generalmente situaciones de este tipo no suelen generar problemas porque muchos padres han asumido de antemano que, dejados ya a un lado por la vida y los demás, la única forma de hacerse presentes, lo que quiere decir útiles, consiste en estar disponibles para lo que dispongan los jóvenes, sus hijos, incluido acomodos y supuestas necesidades que en más de un caso son completas gilipolleces, muestra de un egoísmo indiferente o simple menosprecio hacia quienes, siempre según estos últimos, no hacen otra cosa en este mundo que estorbar y dar guerra. A veces he llegado a dudar de que en estas situaciones intervengan relaciones de cariño o afecto, muy poco, mal o nada mostradas o expresadas, o sencillamente nunca; se les supone, como el valor en el ejército.

No viene a cuento en este caso esa despreciable parte del mercado, como otras tantas, empeñada en hacer de la gente mayor los nuevos adolescentes, proponiendo situaciones, viajes y actividades absurdas que solo tipos muy desorientados o con el conocimiento deteriorado asumen como posibles o merecidas; hasta que la biología los pone en su exacto lugar.

Muy distinto sería que unos y otros, antes de dar lugar a tropiezos, equívocos o encontronazos motivos de quejas hablaran -¡a veces basta con tan poco!-; cuenten, compartan, expongan o soliciten, incluidas cuestiones de fuerza mayor o pertinentes, también deseos o necesidades. Y si ambas partes entienden que las circunstancias son tales y coinciden en cuanto a su obviedad, además de también escuchar y aceptar que la otra tiene las suyas, completamente diferentes, pues estupendo. Siempre será mucho mejor escuchar de la otra parte, de su propia voz, el consentimiento, al margen de supuestos, sobreentendidos o el grosero acatar por defecto, es decir, una respuesta a la pregunta o requerimiento.

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Cuba

Cuba sigue apareciendo en las noticias como tema de relleno para esos segundos antes de un cambio de tercio, una breve cortinilla que tampoco da para publicidad, tan adulterada y fastidiosa que nunca acaba de irse del todo, sino que reaparece al hilo de una nueva tropelía u otro giro de tuerca en la permanente humillación de la que es objeto por parte del vecino del norte ante la desidia e indiferencia general. Y probablemente ha desaparecido de las agendas de política internacional de la mayoría de países, más preocupados por el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo y los absurdos altibajos que produce en las bolsas de valores de todo el mundo o los megalómanos y fascistas proyectos de los dueños de la IA. Como si en la isla caribeña no hubiera ni viviera nadie y las imágenes que vemos fueran las mismas de cada año, un bucle repetido en el que aparece la misma gente con las mismas caras de impotencia y resignación, viviendo vidas que no merecen vivirse, pero ahí siguen.

Si cualquier país europeo de medio pelo, de esos que presumen de sociedades modernas y avanzadas, con unas economías que se pretenden independientes o se autodenominan autónomas y unos servicios públicos mínimos que fingen proveer a una población indiferente a cualquier otra cosa que no sean sus propios ombligos, viniera siendo vilmente acosado y bloqueado económicamente por su vecino del norte, durante tal cantidad de décadas, probablemente haría tiempo que habría desaparecido, convertido en un erial devastado por el dinero y regido por marionetas arrodilladas a sueldo del matón de más arriba.

Por qué Cuba sigue donde sigue y está como está, aún, nada tiene que ver con una revolución fracasada, ni con la emancipación y la desesperada lucha de una población revolucionaria, ni con un gobierno más o menos corrupto, ni con la defensa de cierto tipo de ideales o valores humanos. Hay decenas de países en el mundo gobernados por corruptos mucho más violentos con su propia población que tampoco importan, como tampoco son asediados y humillados por megalómanos vecinos que se pasan la justicia internacional por el arco del triunfo; sin duda merecedores de una mayor atención internacional que presione a sus gobernantes de forma directa para que libere a su propia población, o al menos le permita vivir de forma más o menos digna.

De Cuba no se sabe mucho más, y probablemente habrá dónde informarse de forma, sino minuciosa, sí al menos fidedigna. Algo más que esos mismos rostros abandonados, o esas ciudades, calles y escenarios por los que no ha pasado el tiempo, sin que sepamos qué tiempo impera allí, qué siglo, qué año y por qué. Si tanto asedio, desprecio e inoperancia internacional solo aguarda a que la isla se derrumbe por el peso de su miseria y entonces reconvertirla en lo que fue, la sede caribeña de las mafias yanquis e internacionales desertizando terrenos y transformando a sus habitantes de ciudadanos en siervos adictos a las propinas; esa otra forma de caridad. Un soleado y podrido solar en el que lavar los enormes beneficios de una cruel  y depredadora economía al margen de la ley que probablemente mueve muchísimo más dinero que la, digamos, oficial.

Hasta entonces seguiremos viendo y oyendo cada cierto tiempo cómo la dictadura del norte recrudece la opresión e intenta hundir aún más a la población de la isla sin razones ni explicaciones, pura y violenta brutalidad. Y qué decir de soberanías nacionales y derechos de la población a tener los gobiernos que ellos mismos elijan. De qué estaré hablando. Nadie moverá un dedo, en parte por indiferencia y en parte por temor, no sea que cualquier pregunta o palabra más alta moleste al vecino del norte y entonces, como represalia, se meta conmigo, eso nunca.

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Comer

Probablemente cuando se sentaron a la mesa ninguno de los presentes imaginaba el final de aquello, si es que ese final tiene otra trascendencia que la constatación de que cada vez somos más ridículos en nuestros comportamientos públicos, menos respetuosos y más gregarios sin que en el fondo sepamos por qué, nos interese o, ya puestos, nos preocupe. Se trata de derechos, de libertad, esa moda que enaltece a catetos sin educación y consagra al cliente por el mero hecho de serlo, al tiempo que lo caricaturiza porque su insolente e infundida vanidad le impide verse a sí mismo como lo que es, una penosa marioneta fabricada, moldeada y puesta en el mercado para consumir sin descanso, dígase onerosas comilonas insulsas que te dejan hambriento, cruceros de lujo por el Antártico o patatas fritas sin patatas.

Tras los saludos y risas iniciales, los recuerdos, esa última vez, las preguntas por el trabajo y la familia tocaba refrescarse y pensar en una comanda que el camarero puso discretamente en escena porque allí cada cual iba a lo suyo. Comanda que, como ya es degradante y despreciativa costumbre, hubo que adivinar tras el consiguiente código QR que los más avispados ya tenían a disposición en sus propios dispositivos electrónicos, que no teléfonos. Mientras otros aguardaban no sabían qué, una carta, un camarero, algo o alguien que les informara de qué iba aquello, aparte y supuestamente de comer.

Se organizaron grupitos en función de los dispositivos más ágiles y panorámicos, es decir, que unos veían lo que el dedo dejaba ver, otros se esforzaban sin ver y alguno que otro desistía puesto que al final alguien le preguntaría, no por interés sino porque faltaba lo suyo y el camarero seguía aguardando.

No tardo en aparecer la estúpida pregunta con evidencia de afirmación… para compartir, ¿no? A lo que una discreta minoría accedió con inusitada rapidez, encarecidamente, como si se tratara de la única opción porque, ya puestos, no solo compartían amistad sino que también lo harían con la comida. Los hubo que no abrieron la boca, entre indiferentes, sorprendidos y expectantes, pero un par de comensales dijeron que no, ellos no compartirían, pedirían lo que les apeteciera de la carta, más les gustara o menos disgustara. Allá ellos, es su comida, pero ya les vale, pensaron algunos que no lo vieron con buenos ojos; qué se han creído, censuraron por encima del hombro sin decir palabra.

Qué decir de un situación que probablemente cualquiera ha sufrido en sus propias carnes, eso de hacer piña por obligación, como si de una excursión de colegiales se tratara. La calma duró lo que tardaron en aparecer los primeros platos y el camarero preguntar a quién correspondían. Póngalos por aquí, vamos a compartir, fue la respuesta, excepto para los ya señalados que se dispusieron a dar cuenta de lo que tenían justo ante de sus narices, y con tan buen aspecto.

Los tenedores volaban de un plato a otro, distribuyendo lo distribuible y también lo que no, de esa manera que cuando te toca menos de lo que más te apetece o las mejores piezas se las lleva otro contienes el gesto, suspiras y refunfuñas para ti -compórtate, estás compartiendo-; o lo agradeces porque en realidad no te gusta comer, eres más de guarrear, un poco empalagoso, nada te apetece y, además, todo engorda, por lo que siempre es preferible agazaparse entre el grupo para que nadie se dé cuenta de que solo comes lo que te interesa. O exigiendo a la hora de repartir, o repetir, porque de eso sí quieres, la última vez te gustó y aquí lo hacen muy bien. Todos hablaban y cruzaban palabras, tenedores y cucharas, con los consiguientes tropezones, salpicaduras al hablar y babas indetectables moviéndose de plato en plato, a lo que añadir los inevitables lamparones en el blanco mantel, por evidente torpeza o porque alguna salsa estaba poco trabada y no todos podían, ni sabían, servir sin verter.

Aunque en el fondo nadie perdía de vista a los dos antisociales deleitándose con sus platos, sin abrir la boca, precisamente porque estaban comiendo. Hubo un primer y tímido intento a continuación del previsible qué tal está y el riquísimo de la respuesta, seguido del puedo probarlo y una discreta negativa que no gustó pero no tuvo ningún comentario como reacción. Pero los platos y el placer con el que eran consumidos por sus respectivos no dejaban de llamar la atención, y mientras los compartidos se sucedían con desigual fortuna y apetito los señalados apuraban y rebañaban, les servían los segundos, tan apetecible o más que los primeros, y sus afortunados beneficiados se regodeaban ante un personal cada vez más callado y en el fondo ofendido, pendiente de ellos.

Se repitió un qué tal, ¿puedo? y la respuesta, si no directamente negativa, sí quedó clara en cuanto a su intención.

Fue transcurriendo la comida, las conversaciones decayendo y las miradas entorvándose, cesaron los intentos, fracasaron las indirectas, por lo que se convirtieron en directas, y finalmente aquello estalló, se perdió la educación y apareció la falta de respeto y los insultos. Qué pasa, amenazaban los ofendiditos, no os gusta compartir que solo lo queréis para vosotros; qué asquerosos, qué egoístas y poco amables. Para eso no haber venido. En fin, a una contestación moderada siguió una indirecta directísima y la siguiente respuesta subió aún más el tono. Aquello derivó en una falsa mayoría contra dos, también los había en silencio, sin saber qué decir y en el fondo avergonzados por lo que estaba ocurriendo. Dos insolidarios y sin deseos de compartir; dos amargados que qué se habían creído, especiales o más que nadie. Si eran incapaces de compartir mejor se hubieran quedado en casa, menudos amigos etc. etc.

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Música popular

Reconozco que acabé en aquella butaca entre escéptico y curioso, también sorprendido por un lleno que, aunque me habían advertido con anterioridad, no imaginaba; aforo completo desde hacía semanas, y creo que meses.

Un espectáculo sobre Pink Floyd, bueno, un tributo, como se dice ahora, en el que unos músicos interpretan temas de sus grupos favoritos lo más fielmente posible a los originales. Alguna que otra vez había asistido a alguno con no siempre buena impresión, no hay nada más penoso que intentar parecerte y con ello estropear lo que en versión original resuena, a la vista de lo ofrecido, inalcanzable; o quizás fuera que la calidad de los músicos era más bien floja, o el producto original, como ya he dicho, inimitable.

En mi caso Pink Floyd descansa plácidamente en mi juventud, pues hacía ya tiempo de la última revisión y reaudición de los gastados vinilos que todavía conservo; una música unida a mi crecimiento, o directamente mi propia vida, plagada de momentos en los que algunos de sus temas son el dato más importante, la referencia, la clave de recuerdos que ahí siguen, en apariencia olvidados pero todavía dispuestos a ser desempolvados fruto de alguna nostalgia provocada por una noticia, un amigo o un evocación que los mueva del sitio.

Por ello volver a escuchar la música de Pink Floyd era como regresar a un pasado sin revisar, ¿entonces? Curiosidad por la oportunidad y al mismo tiempo comprobar la calidad de los músicos, sin quitarme la mosca de la oreja a la hora de imaginar un parecido decente, muy difícil, sino imposible, según mis precavidas expectativas.

Pero desde que entré en el teatro y ocupé mi butaca el espectáculo más bien estaba en el público, en la expectante inquietud de un muestrario de lo más variopinto de espectadores sin en apariencia nada en común, o sí, la música de Pink Floyd. Imposible establecer un patrón entre los asistentes al margen de la edad, y tampoco, porque también se veían treintañeros tan emocionados como los coetáneos de sus padres que les rodeaban. En el caso de los progenitores el grupo inglés tenía sentido, en el de aquellos se me escapaba; pero en cualquier caso la emocionante esperaba que mostraban sus rostros en nada se diferenciaba.

Como luego comprobé conversando después del concierto, las posibilidades de comienzo del mismo, el tema o los temas iniciales, que yo también imaginé, coincidían en una gran mayoría, da igual a quien preguntaras y su edad, el concierto solo podía iniciarse como el comienzo de uno de sus discos, concretamente el de 1975, como así fue. Hacía más de cincuenta años. Y cuando sonaron los primeros acordes la gente no pudo evitar la emoción y aplaudió, gritó y silbó como si estuviera viendo al mismísimo grupo en directo, tal que si no hubiera transcurrido el tiempo, y nosotros con el.

El espectáculo, más que decente, se desarrolló durante más de dos horas y media sin que la gente perdiera detalle; emocionándose, tarareando en un inglés de por aquí, aplaudiendo porque le apetecía sin aguardar al final o volviéndolo a hacer cuando los primeros compases de temas, visto lo visto, muy, muy conocidos; de cada uno de los presentes, con todo lo que ello significa.

De eso va la música pop, la música popular, con las etiquetas que cada cual le cuelgue en función de determinados instrumentos, sonidos y variaciones melódicas o instrumentales. Sonidos y melodías que acaban convirtiéndose en una parte íntima, y a los hechos me remito, del acervo personal de más generaciones de las que imaginaba; unos temas y canciones que sí puede decirse que traspasaron fronteras y corazones, independientemente de la ciudad o el pueblo y, como no, del país. Sin importar que el idioma fuera el inglés, que el grupo hubiera desaparecido casi cuando algunos de los presentes no habían nacido y lo hubieran escuchado de sus padres, o de sus abuelos, sin que les pasara desapercibido, hasta el punto de hacerlo propio, parte de sus vidas. Es solo música.

Como es fácil imaginar el final fue una fiesta, tanto para el público como para los propios músicos, que agradecieron la entrega y comunión entre unos y otros desde el principio. Y las caras de los espectadores a la salida, como suele decirse, eran todo un poema, no sé si se habrían sentido tan emocionados y felices en otras ocasiones, pero, desde luego, si el aspecto final fue el que en aquellos momentos mostraban, también fueron muy, muy felices.

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Qué

Vistas las imágenes de la tierra enviadas desde la cara oculta de la luna por la reciente misión espacial norteamericana, surgen innumerables preguntas con las que acompañar su belleza, varias de difícil respuesta, o sencillamente sin ella. Algunas probablemente coincidirán con las que se hicieron los propios astronautas al contemplar desde la distancia el lugar del que provenían, incluido lo que en aquellos precisos momentos, en los que tenían puesta la vista en él, estaría sucediendo bajo ese hermoso color azul que nos identifica en la inmensidad del espacio.

Casi de inmediato recordé otras imágenes guardadas en algún sitio, también del planeta pero visto desde distancias aún mayores, y muy lejanas. Las busqué y las encontré, y las preguntas volvieron a repetirse sobre un fondo de escepticismo e incomprensión que al instante trasladé a la curiosidad de cualquier otra persona ante las mismas imágenes. Quizás las preguntas que más se repetían en mi cabeza, sin poder despegar la mirada de aquella oscura e intensa inmensidad, era el motivo de la estúpida arrogancia que caracteriza a la especie humana, así como su clamorosa falta de humildad. Que la espuria existencia de una especie tan insignificante pueda imbuir a sus especímenes de tal soberbia a la hora de considerarse el centro del universo es caso de estudio médico, si es que alguien ajeno a esta bola decidiera perder el tiempo en especies tan vulgares y ordinarias. Visto el planeta en la distancia y conocido el comportamiento y talante de la “especie dominante” el lugar sería lo más parecido a una jaula de grillos, con perdón de los grillos, porque, creo, ellos solo se dedican a estridular, nosotros, en cambio, gritamos cada vez más alto, nos insultamos y amenazamos a las primeras de cambio o nos dedicamos a destruirnos unos a otros por pura codicia; ensalzando la violencia como un orgulloso honor, una virtud de la que nos gusta jactarnos porque, según los más cretinos de todos, quienes han venido dirigiendo a su antojo sociedades y civilizaciones -por llamarlas de algún modo- hasta ahora existentes, somos los representantes de una especie superior.

Superior respecto a qué, o por qué, a la vista de las imágenes con las que comenzaba estas letras dónde está nuestra superioridad, ¿en nuestra insignificancia? ¿en nuestra capacidad para autodestruirnos? Eso sí que sería un punto álgido, el punto más alto de la estupidez humana, visto lo visto, nuestra principal característica.

Y qué decir de nuestros orgullosos y sagrados dioses, casi infinitos en su número, cada cual adaptado a las limitaciones intelectuales de sus inventores, ¿dónde quedan en tan inmenso espacio? ¿dónde arriba o abajo, lejos, cerca, dentro o fuera? Esa inmensidad, nuestra incapacidad para abarcarla y entenderla sería lo más parecido a las sagradas magnificencias de aquellos, mucho más inimaginable entonces, cuando se inventaron esos avatares dotados de todo aquello de lo que creíamos carecer, lo que no dejaba de ser la falta de reconocimiento de nuestra propia ignorancia y su modesta y humilde asunción. Dónde están la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia divinas sino en nuestra parca imaginación.

Así, ante la endémica e histórica falta de respuestas de una especie que ha conseguido lo poco que tiene a costa de grandes esfuerzos y millones de muertos -en realidad no tanto de lo qué enorgullecerse-, logrado en contra de quienes, cómodamente asentados en el poder, temían todo conocimiento porque en el fondo lo consideraban peligroso para su posición y prerrogativas, siempre queda la opción de salirse por la tangente.

Entonces, estoy equivocado porque esos cuentos e imágenes son falsos, astutos montajes del demonio para tenernos asombrados, quietos y sumisos. Dios lo sabe y por eso se compadece de nuestra incredulidad y falta de fe. Ese universo también es suyo ¿o es Él? ¿otra manifestación más de Su inmanencia? Pobres de nosotros.

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