Música popular

Reconozco que acabé en aquella butaca entre escéptico y curioso, también sorprendido por un lleno que, aunque me habían advertido con anterioridad, no imaginaba; aforo completo desde hacía semanas, y creo que meses.

Un espectáculo sobre Pink Floyd, bueno, un tributo, como se dice ahora, en el que unos músicos interpretan temas de sus grupos favoritos lo más fielmente posible a los originales. Alguna que otra vez había asistido a alguno con no siempre buena impresión, no hay nada más penoso que intentar parecerte y con ello estropear lo que en versión original resuena, a la vista de lo ofrecido, inalcanzable; o quizás fuera que la calidad de los músicos era más bien floja, o el producto original, como ya he dicho, inimitable.

En mi caso Pink Floyd descansa plácidamente en mi juventud, pues hacía ya tiempo de la última revisión y reaudición de los gastados vinilos que todavía conservo; una música unida a mi crecimiento, o directamente mi propia vida, plagada de momentos en los que algunos de sus temas son el dato más importante, la referencia, la clave de recuerdos que ahí siguen, en apariencia olvidados pero todavía dispuestos a ser desempolvados fruto de alguna nostalgia provocada por una noticia, un amigo o un evocación que los mueva del sitio.

Por ello volver a escuchar la música de Pink Floyd era como regresar a un pasado sin revisar, ¿entonces? Curiosidad por la oportunidad y al mismo tiempo comprobar la calidad de los músicos, sin quitarme la mosca de la oreja a la hora de imaginar un parecido decente, muy difícil, sino imposible, según mis precavidas expectativas.

Pero desde que entré en el teatro y ocupé mi butaca el espectáculo más bien estaba en el público, en la expectante inquietud de un muestrario de lo más variopinto de espectadores sin en apariencia nada en común, o sí, la música de Pink Floyd. Imposible establecer un patrón entre los asistentes al margen de la edad, y tampoco, porque también se veían treintañeros tan emocionados como los coetáneos de sus padres que les rodeaban. En el caso de los progenitores el grupo inglés tenía sentido, en el de aquellos se me escapaba; pero en cualquier caso la emocionante esperaba que mostraban sus rostros en nada se diferenciaba.

Como luego comprobé conversando después del concierto, las posibilidades de comienzo del mismo, el tema o los temas iniciales, que yo también imaginé, coincidían en una gran mayoría, da igual a quien preguntaras y su edad, el concierto solo podía iniciarse como el comienzo de uno de sus discos, concretamente el de 1975, como así fue. Hacía más de cincuenta años. Y cuando sonaron los primeros acordes la gente no pudo evitar la emoción y aplaudió, gritó y silbó como si estuviera viendo al mismísimo grupo en directo, tal que si no hubiera transcurrido el tiempo, y nosotros con el.

El espectáculo, más que decente, se desarrolló durante más de dos horas y media sin que la gente perdiera detalle; emocionándose, tarareando en un inglés de por aquí, aplaudiendo porque le apetecía sin aguardar al final o volviéndolo a hacer cuando los primeros compases de temas, visto lo visto, muy, muy conocidos; de cada uno de los presentes, con todo lo que ello significa.

De eso va la música pop, la música popular, con las etiquetas que cada cual le cuelgue en función de determinados instrumentos, sonidos y variaciones melódicas o instrumentales. Sonidos y melodías que acaban convirtiéndose en una parte íntima, y a los hechos me remito, del acervo personal de más generaciones de las que imaginaba; unos temas y canciones que sí puede decirse que traspasaron fronteras y corazones, independientemente de la ciudad o el pueblo y, como no, del país. Sin importar que el idioma fuera el inglés, que el grupo hubiera desaparecido casi cuando algunos de los presentes no habían nacido y lo hubieran escuchado de sus padres, o de sus abuelos, sin que les pasara desapercibido, hasta el punto de hacerlo propio, parte de sus vidas. Es solo música.

Como es fácil imaginar el final fue una fiesta, tanto para el público como para los propios músicos, que agradecieron la entrega y comunión entre unos y otros desde el principio. Y las caras de los espectadores a la salida, como suele decirse, eran todo un poema, no sé si se habrían sentido tan emocionados y felices en otras ocasiones, pero, desde luego, si el aspecto final fue el que en aquellos momentos mostraban, también fueron muy, muy felices.

Publicado en Música | Deja un comentario

Qué

Vistas las imágenes de la tierra enviadas desde la cara oculta de la luna por la reciente misión espacial norteamericana, surgen innumerables preguntas con las que acompañar su belleza, varias de difícil respuesta, o sencillamente sin ella. Algunas probablemente coincidirán con las que se hicieron los propios astronautas al contemplar desde la distancia el lugar del que provenían, incluido lo que en aquellos precisos momentos, en los que tenían puesta la vista en él, estaría sucediendo bajo ese hermoso color azul que nos identifica en la inmensidad del espacio.

Casi de inmediato recordé otras imágenes guardadas en algún sitio, también del planeta pero visto desde distancias aún mayores, y muy lejanas. Las busqué y las encontré, y las preguntas volvieron a repetirse sobre un fondo de escepticismo e incomprensión que al instante trasladé a la curiosidad de cualquier otra persona ante las mismas imágenes. Quizás las preguntas que más se repetían en mi cabeza, sin poder despegar la mirada de aquella oscura e intensa inmensidad, era el motivo de la estúpida arrogancia que caracteriza a la especie humana, así como su clamorosa falta de humildad. Que la espuria existencia de una especie tan insignificante pueda imbuir a sus especímenes de tal soberbia a la hora de considerarse el centro del universo es caso de estudio médico, si es que alguien ajeno a esta bola decidiera perder el tiempo en especies tan vulgares y ordinarias. Visto el planeta en la distancia y conocido el comportamiento y talante de la “especie dominante” el lugar sería lo más parecido a una jaula de grillos, con perdón de los grillos, porque, creo, ellos solo se dedican a estridular, nosotros, en cambio, gritamos cada vez más alto, nos insultamos y amenazamos a las primeras de cambio o nos dedicamos a destruirnos unos a otros por pura codicia; ensalzando la violencia como un orgulloso honor, una virtud de la que nos gusta jactarnos porque, según los más cretinos de todos, quienes han venido dirigiendo a su antojo sociedades y civilizaciones -por llamarlas de algún modo- hasta ahora existentes, somos los representantes de una especie superior.

Superior respecto a qué, o por qué, a la vista de las imágenes con las que comenzaba estas letras dónde está nuestra superioridad, ¿en nuestra insignificancia? ¿en nuestra capacidad para autodestruirnos? Eso sí que sería un punto álgido, el punto más alto de la estupidez humana, visto lo visto, nuestra principal característica.

Y qué decir de nuestros orgullosos y sagrados dioses, casi infinitos en su número, cada cual adaptado a las limitaciones intelectuales de sus inventores, ¿dónde quedan en tan inmenso espacio? ¿dónde arriba o abajo, lejos, cerca, dentro o fuera? Esa inmensidad, nuestra incapacidad para abarcarla y entenderla sería lo más parecido a las sagradas magnificencias de aquellos, mucho más inimaginable entonces, cuando se inventaron esos avatares dotados de todo aquello de lo que creíamos carecer, lo que no dejaba de ser la falta de reconocimiento de nuestra propia ignorancia y su modesta y humilde asunción. Dónde están la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia divinas sino en nuestra parca imaginación.

Así, ante la endémica e histórica falta de respuestas de una especie que ha conseguido lo poco que tiene a costa de grandes esfuerzos y millones de muertos -en realidad no tanto de lo qué enorgullecerse-, logrado en contra de quienes, cómodamente asentados en el poder, temían todo conocimiento porque en el fondo lo consideraban peligroso para su posición y prerrogativas, siempre queda la opción de salirse por la tangente.

Entonces, estoy equivocado porque esos cuentos e imágenes son falsos, astutos montajes del demonio para tenernos asombrados, quietos y sumisos. Dios lo sabe y por eso se compadece de nuestra incredulidad y falta de fe. Ese universo también es suyo ¿o es Él? ¿otra manifestación más de Su inmanencia? Pobres de nosotros.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Volver

Volver a una ciudad donde ya has estado quizás carece de ese grado de novedad y sorpresa que tiene la primera vez, falta esa emoción de descubrir o sorprenderte, o cuando te encuentras, al fin, en o frente a lugares u objetos de los que ya sabías con anterioridad, incluida la inesperada decepción porque la realidad no siempre alcanza a satisfacer la expectación que uno acumulaba antes de verse y sentirse ante o precisamente allí. Nada importante porque estas cosas suelen ser de lo más normal, como también es cierto que muchos lugares carecerían de atractivo si no contuvieran o el viajero hubiera puesto previamente en ellos rastros y elementos de su educación, cultura, aficiones, desafíos o mera ilusión, que también. La realidad no es mejor ni peor porque, exceptuando el inevitable azar siempre al acecho del imprevisible vivir, se trata de un mutuo hacerse sobre el que uno mismo puede permitirse cuantos planes desee si antes asume por principio que no dejan de ser eso, planes.

También es cierto que regresar a una ciudad nunca es lo mismo porque quien lo hace no es la misma persona que lo hizo con anterioridad, el tiempo ha pasado para ambos, tanto en aquella como en el que vuelve, y no siempre el transcurso del tiempo significa obligatoriamente mejor, tampoco peor, puesto que no existen futuros preconcebidos al margen de ese presente que nos lleva al unísono de la mano. Además, puedes volver solo, por ocio o por trabajo, o con la misma o mismas personas, o con otras y otros modos o intereses, distintos objetivos; también con menos obligaciones y planes que cumplir, menos prisas y la agradable sensación de volver a ver o regresar a lugares de los que guardas buenos recuerdos. Tampoco sería un inconveniente reencontrarte donde la memoria creo una sombra, o un borrón, porque, como he dicho más arriba, quien regresa no es la misma persona; aunque es cierto que hay recuerdos, imágenes, personas, sucesos y circunstancias que nos cerraron permanentemente la puerta del regreso.

Volver a Dublín siempre es agradable, sobre todo si no se tiene un agenda que cumplir, mucho menos a la carrera, aunque tampoco la ciudad es para carreras o agendas repletas, todo lo contrario, mejor tomarse su amabilidad con calma y olvidarse de planificar porque lo que haya de ocurrir ocurrirá. No hay innumerables lugares que ver o visitar, ni agobios aparte de los inevitables que provoca un turismo exprés no siempre consciente del lugar, sobre todo para quien viaja con niños; una meteorología que obliga a precaverse por los cuatro costados y una movilidad que no necesita apenas medios de locomoción al margen de los propios pies. Mejor vivirla a pelo, pasear y disfrutar de la música, algo tan inevitable como sus incontables pubs y la cerveza. Andorrear, fisgar en cada puerta o ventana tras las que creas oír algún instrumento, o ruido, sentarte sin prisa, escuchar, charlar, ya que aunque no entre dentro de tus propósitos siempre tendrás alguien con quién porque te obligarán amablemente a hacerlo, o discutir, siempre con una cerveza en la mano, por supuesto. Y sin grandes revelaciones ni descubrimientos dejar que pase el tiempo escuchando y disfrutando del ambiente, luego, antes de recoger tus pocos trastos y salir, otear el exterior por si es más conveniente pedir otra pinta porque fuera el agua cae como si del fin del mundo se tratase. Puedes volver a preguntarte por la gente tan joven con la que tropiezas por la calle pidiendo, o por qué el incesante consumo de cerveza no hace distinción de géneros o edades, ni de cantidades; o achacar al azar o a ese inevitable vínculo que la música irlandesa tiene con todo lo tradicional la reiterativa y diaria escucha, en cualquier pub en el que comieras algo o entretuvieras el tiempo, o a cualquier músico callejero con el que te cruzaras, del antiguo Take Me Home… del desaparecido John Denver. Casi para una apuesta.

Publicado en Viajes | Deja un comentario

Benditas tradiciones

Una de las fotografías que apareció en prensa con motivo de esa nueva muestra de los rancios anacronismos que adornan este país, en esta ocasión con etiqueta religiosa y ocurrido en un pueblo de glorioso pasado romano frente a los conquistadores cartagineses, mostraba un grupo de jóvenes trajeados de saldo gritando con vehemencia a las puertas de un templo religioso. Un buen material que exponer en algún museo antropológico con un pie de foto que intente explicar esos intangibles que todavía ocupan los cerebros de muchos sujetos pertenecientes al sexo masculino, refractarios respecto a una razón que, a su pesar, todavía nos sigue manteniendo vivos y coleando como especie.

La imagen ofrece una primera impresión que, sin todavía saber qué hay detrás, no deja de ser sospechosa de representar otra de esas sanas y viriles manifestaciones de hermandad de género que advierten y excluyen más de lo que invitan. Una más de las tan arraigadas tradiciones masculinas, por darle algún nombre, sustentadas a partir de la ocupación y mantenimiento de posiciones preponderantes y de poder en relación con el otro género, el femenino, tradicionalmente no apto para ellas por cuestiones nunca importantes o que vengan a cuento, mucho menos actuales, modernas, racionales o razonadas. Se habla en estos casos de emociones, socorrido argumento cuando no existen argumentos, de íntimos sentimientos inexplicables para un profano, en realidad porque no hay nada que explicar cuando se trata de imponer lo que yo quiero, o de ceremoniales instituidos y representados -e impuestos- durante años por hombres que sería muy doloroso, además de improcedente y casi sacrílego, abrir a las mujeres, esa parte de la especie que habitualmente ocupa las habitaciones de atrás. Darles acceso significaría que ellas también pueden hacerlo y sentirlo, ser iguales, pero entonces dónde quedarían ellos y sus tradicionales prerrogativas. Ni lo saben, les preocupa y, sobre todo, ni les importa.

Hay otra foto, muy diferente a la anterior pero que tiene que ver con el mismo tema, en la que un orgulloso joven, ataviado con oscuras vestiduras y símbolos religiosos, saluda a los suyos sonriente y satisfecho por los méritos que al parecer le han sido concedidos, entre ellos la renovación de esa tradicional prerrogativa masculina entre las nuevas generaciones. No hay mujeres entre las numerosas personas que aparecen en la imagen, absolutamente ninguna, pero probablemente no es nada casual, pero si tradicional, ya que al parecer y como he dicho hay aspectos de las emociones y los sentimientos masculinos para los que las mujeres ni están preparadas ni alcanzan.

Hay más fotografías relacionadas con el mismo tema en las que sí aparecen mujeres, pero en la calle, vestidas de cualquier modo, con frío, aguardando con rostros más resignados que comprensivos, como de costumbre, vencidas de antemano; sin acceso a trajes, baratos o caros, ni ropa eclesiástica de copete, esperando a que ellos decidan, cosa, repito, de las tradiciones, ese intangible rastreramente esgrimido cuando alguien no quiere abandonar un poder que hasta ahora le ha mantenido a salvo, como es el caso, de la tan promiscua como peligrosa, y hasta pecadora, mezcla de géneros.

En el fondo el tema no va de cuestiones religiosas, ni de defender o denunciar la hipocresía de unas fiestas que tienen más que ver con imaginerías locales, tanto religiosas como profanas, y con arcaicas supersticiones y tabúes de toda índole mantenidos en contra de la razón, sino de simple estrechez mental, temor e incapacidad de adaptación a las nuevas realidades que el inevitable transcurso del tiempo tarde o temprano acaba imponiendo.

En todo este esperpento las supuestas perjudicadas, las mujeres, también deberían hacérselo mirar, primero por sus pretensiones de igualdad en circunstancias y temas en los que siempre han ocupado, y ocupan, los lugares de cola -sus Vírgenes, a las que probablemente rezan y adoran, tampoco les ayudan porque para aquellos que les impiden promocionar siguen siendo lo que también dice La Biblia que son, bonitas vasijas por llenar-, su papel de servicio es todo a lo que pueden aspirar. Tampoco les vale, por ejemplo, un derecho al voto que tanto costó introducir e imponer en sociedades en las que el dominio masculino se ha defendido a capa y espada de su presencia e intromisión hasta hace bien poco. En lo referente a las tradiciones siguen sin tener hueco. Aunque si pensaran y se sintieran, al contrario que ellos, mujeres de su tiempo harían muy bien en abandonar sus santas aspiraciones, además de las correspondientes labores de servidumbre tan necesarias para endulzar la vanidad de tanto mozo engreído de su masculinidad, cediéndoles a ellos todo el mérito, si es que en estos menesteres queda algo de mérito y no mero pavoneo tan cateto como cerril.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Habermas

No recuerdo exactamente por qué me detuve en él -hace ya mucho de eso-, o tal vez sí, su interesante y en cierto modo tan ingenua como esperanzadora propuesta de un permanente y razonado intercambio argumentativo como medio y solución, casi única, o definitiva, a la cuestión de las relaciones humanas, sobre todo políticas; una incesante “acción comunicativa” a partir y por medio de la cual, sentados unos frente a otros, sentirnos capaces de organizarnos y organizar este mundo en el que vivimos. Esos acuerdos siempre posibles a los que suelo hacer referencia cuando de llegar a resultados se trata. Sentarse a la mesa, pero no como forma de medrar en beneficio propio, sino de aportar la propia opinión, argumentarla y de algún modo estar e influir a la hora de las decisiones finales.

A partir de mi lectura y estudio de sus predecesores en la Escuela de Frankfurt, en la que el fracaso colectivo de la sociedad occidental tras las Guerras Mundiales y en cierto modo el final del proyecto de la Ilustración pesaba como una losa casi definitiva, Habermas significaba, casi en solitario, una puerta a la esperanza; cómo, sin perder los referentes, aún era posible dar una nueva oportunidad a la convivencia y organización de un presente y futuro menos desesperanzadores. Desde entonces siempre estuvo ahí, publicando y sin rehuir el intercambio ni el compromiso, fuera cual fuese la actualidad política o social que requiriera su opinión, prácticamente toda. Porque no podemos obviar lo que tenemos delante y que de un modo u otro nos pasa al lado, o por encima, principalmente porque se trata de nuestro tiempo, también nosotros, del que no podemos evadirnos porque estamos aquí, vivos.

El desgraciadamente ya no, eran muchos años, ley de vida, dicen, pero viendo y sufriendo a tanto degenerado violento haciendo del mundo el felpudo de su guarida, sin mediar palabra ni razón, el duelo es aún mayor. Quedamos un poco más solos, aunque ya sabemos cómo vivir sin que nos tengan que llevar de la mano, siempre con la palabra como única herramienta. 

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

De caza

No es agradable volver a un tema como el de la caza, ya tocado en otro momento, pero vistas las últimas imágenes es muy difícil abstenerse de algún comentario, aunque solo sea de pasada. Me refiero a los centenares de animales muertos y abandonados por cazadores que en unas jornadas de recreo abatieron por puro placer a unos mil -todos cérvidos-, al menos así lo afirmaban algunas de las fuentes, como el revuelo levantado por semejante acto de, no sé si de abandono o de auténtico desprecio hacia los animales -a los que cínicamente dicen apreciar-, el lugar y los pobladores que conservan el lugar para que sujetos semejantes prácticamente se meen en ellos y sus orgullosas y tradicionales existencias.

Como ignoro el grado de precariedad o miseria, así como la catadura moral y humana, de dirigentes de todo tipo y políticos que gobiernan esas zonas del país que mantienen enormes cotos de caza a disposición de tanto inadaptado ansioso por matar y de algún modo calmar un anhelo tan salvaje como primitivo. Y con esto último intento a referirme a humanos en los que la cruel y desoladora experiencia de la historia parece que no ha hecho mella -incluso dudo que la conozcan o les importe más allá de su propio y orgulloso ombligo-, más brutales y limitados, si cabe, que cualquier simio de medio pelo, con perdón de los simios.

Es cierto que uno puede encogerse de hombros y pasar página ante imágenes como las mencionadas -otro disparate más. Pero se me ocurre que si tanto les gusta matar podían apuntarse a una de las guerras que hay en curso actualmente, pero no como lo hicieron algunos italianos que acudieron a la guerra yugoslava a asesinar por placer vía agencia de viajes. A pelo, con su correspondiente arma y listos para enfrentarse a otros como ellos, y que probablemente algunos se jueguen en el envite algo más que un trofeo. Pero no sucederá así porque entonces, cagados de miedo, soltarán alguna memez con la que justificar sus ansias de matar, a tono con su pobreza mental. Como tampoco les llega la patética cantinela de la tradición, el compañerismo y los buenos ratos haciendo correr la sangre de animales indefensos a los que son incapaces de mirar a los ojos. Desgraciadamente estos sujetos también se dicen humanos, aunque su catadura humana se limita a la fotografía del DNI, y probablemente ni eso.

Sigo preguntándome qué especie de arcaica excitación provoca matar a un animal indefenso por puro placer, ni siquiera para comer; los paleolíticos eran mucho más humanos. Como tampoco entiendo cómo hace unas semanas cierta prensa nos… -no sé qué decir- con cuentos de casposas estirpes de cazadores manteniendo orgullosas tradiciones que transmiten de padres a hijos, mostrando alguna que otra fotografía en la que aparecían tres generaciones de humanos naufragados, algunos todavía niños, sonriendo a una cámara que los mostraba como figuras completamente planas e irrelevantes en su decepcionante anacronismo.

Imagino que son las modas de los tiempos que corren, tiempos violentos en los que la violencia vuelve a reivindicarse, como si no hubiéramos tenido suficiente. También revitalizada políticamente por nostálgicos de un primitivismo ideológico anclado en tradiciones tan estrechas y crueles como los toros y la propia caza. Sin nada más que ofrecer, solo muerte y destrucción como consignas principales, tal que una serie cutre que a falta de argumentos, e inteligencia para crearlos, se limita golpes, tiros y peleas como única excusa con la que entretener a un público semianalfabeto poco o nada exigente, tampoco consigo mismo.

Una violencia que, y creo que viene a cuento, también ha llegado al sexo, convertido en un acto de sumisión en lugar de un compartido y placenteramente reconfortante intercambio entre adultos, una relación violenta en la que una de las partes ha de humillarse por obligación ante la otra, también por tradición, otra manifestación más de esa áspera ideología que solo ofrece ignorancia, sumisión y subdesarrollo. Un niño no puede disfrutar de las imágenes de un sexo practicado, compartido y disfrutado entre iguales y, en cambio, ha de tragar con tradiciones como la caza, en la que la prioridad es el derramamiento de sangre de un animal que nada tiene que aportar, ni siquiera como alimento, con la excusa de pasar un buen rato de compañerismo entre sujetos de discurso corto repleto de autenticidades de cartón piedra, obtusas cavilaciones y obviedades de bares y machotes.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

No parar

Es posible que tengamos, amigos, familiares o conocidos a los que el tiempo no les da de sí, todo el día de acá para allá, sin un minuto que perder, ni para desahogarse, tampoco fisiológicamente.

Personas que no pueden, o no saben, estarse quietas, siempre con tareas pendientes, personales o implicando a otros, más pacíficos y calmos, incluso despistados, con otras nociones de la prisa y el tiempo. Como si el tiempo fuera un enemigo al qua hay que mantener en permanente derrota, sin dejarle respirar, porque de lo contrario parecería tiempo malgastado o vacío; como si el tiempo, por el mero hecho de ser o haberlo inventado nos apremiara con su solo conocimiento, obligándonos a andar de cabeza mientras aquel sigue ahí, como de costumbre, sin decir ni pío, sin apretarnos, mucho menos retándonos ¿a qué? Estas personas no es que tengan un problema, son así, igual las dejas una semana en una playa vacía y se mueren de tristeza e impotencia o levantan un parque de atracciones con palos y piedras.

Parecen atrapadas por la obligación de satisfacer una necesidad interior que les trae de cabeza, siendo el primer objetivo el imperioso cumplimiento de esa especie de coacción, ya que esa necesidad son ellas mismas. Y tal vez algunas, o muchas, no entiendan qué estoy diciendo porque sería como ponerse en duda a sí mismas, su forma de ser, como han sido siempre. Siempre ocurriéndoseles algo que hacer, ideando o imaginando objetos y actividades que luego intentan llevar a la práctica con total celeridad, es cierto que en muchos casos beneficiosas tanto para ellas como para los demás -en ningún momento hablo de un egoísmo al uso; su egoísmo, por darle algún nombre, son ellas mismas. Solidarias o tal que artistas empecinados en sus ideas y proyectos, introvertidas y hurañas o atentas y colaboradoras, desconocedoras del problema -si es que puede decirse tal- en su incesante actividad o despreciativas hacia los demás; permanentemente insatisfechas o desviviéndose a la hora de procurar favores, ayudas y una vida más placentera a los otros. Pero siempre ellas primero, su desvelo.

Hay, pues, de todo. Como también es inevitable el constante desasosiego que llevan incorporado y transmiten allá donde paran, o contagian a quienes no son como ellas y, en algún que otro caso, hacen sentir inútiles porque, en comparación, parecen perdidas, como su tiempo; si no amontonas planes y proyectos eres un completo inútil, no sirves para nada.

Pero, por otro lado, sin estas últimas, las personas más tranquilas, o calmadas, o en apariencia perdidas, o realmente perdidas, aquellas no tendrían quien les prestase atención y justificase su perentoria actividad.

Estaría bien preguntarles a estas polvorillas qué harían si no tuvieran un público destinatario para su vital frenesí, público aceptador, colaborador, participante, celebrante, admirador e incluso contrario; tanto a su actividad como a los resultados de la misma. Que no estuviera ahí como permanente receptor de sus ocurrencias, de algún modo justificador de su inquietante ansiedad por no estar paradas. Si solo existieran estas enemigas declaradas del tiempo, de su misma existencia y consiguiente transcurso, probablemente tampoco tendrían tiempo para atenderse o escucharse las unas a las otras, cada cual atrapada en su constante arrebato, sin espacio ni ganas para ocuparse o preocuparse por los demás, que en muchos casos considerarían con indiferencia e incluso desdén, o peor aún, intrusos. Esto es en parte posible porque siempre tropiezas con “artistas” que se sienten, y creen estar, un paso más adelante que el resto, es más, ni les importa, porque “lo suyo”, su altura artística o intelectual, luce muy por encima o directamente inalcanzable para los límites que suele gastar la gente corriente. A estos iluminados habría que hacerles saber que su necesidad vital es pura necesidad de comunicarse, y que la comunicación no existe si no hay al menos uno más.

Somos como somos, bienvenidos unos junto con sus apasionadas y extenuantes ansiedades y, respecto de los otros, los artistas, si es tal su forma de pensar y actuar que se guarden para sí sus maravillas, aislados en islas desiertas o encerrados en almacenes gigantescos a rebosar de su frenesí creativo y después tiren la llave al mar. Su tiempo, ese que dicen necesitar de forma tan ávara no existe para el resto, ellos tampoco, luego nada se pierde; lo de ganar ni se contempla.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

El clima

Llevamos años oyendo y sabiendo del calentamiento global, una realidad sacada a la luz por gente que se dedica a ello en su trabajo diario y, creo, sabe mucho más que el resto sobre lo que está sucediendo con el clima a nivel global, y en función de ese trabajo de algún modo obligados a advertir a la población, así como de las posibles derivaciones y consecuencias que tendría un previsible empeoramiento con respecto a la viabilidad de la vida en la tierra; de interés para la especie humana, imagino que motivo principal.

También es cierto que una evidencia, en este caso científica, puede extrapolarse, modificarse, convertirse en un arma disuasoria o en un peligro real alterando los datos para atemorizar al personal y de algún modo redirigir los pasos a tomar y que el futuro se presente algo más halagüeño de lo que los datos vaticinan.

Evidencias y circunstancias que en principio no contienen ningún matiz político, afectando a todos los presentes y, mucho más, a los descendientes de estos últimos, a los que dejaríamos un mundo peor que el actual.

También es más que evidente que los perjudicados o, llevada la situación a tales extremos, hipotéticos perdedores derivados de los cambios que habría que implantar para revertir los modelos futuros que actualmente se contemplan, intentarán por todos los medios postergarlos e incluso impedirlos, pero no porque les importe la humanidad y su viabilidad, sino porque pretenden seguir enriqueciéndose, lo más importante para ellos. Lo que suceda en el futuro les da igual porque para entonces ya no estarán aquí y sus descendientes dispondrán de las rentas del dinero obtenido para buscarse un modo de vida seguro en función de las circunstancias ambientales. Es decir, mis padres estuvieron en contra del cambio climático para dejarme los medios económicos necesarios para que pueda disponer de un lugar seguro y protegido donde ese temido cambio me afecte lo menos posible. ¡Qué buenos y qué cabrones eran mis padres!

Hace poco el anciano malcriado de la gorra que gobierna el país más poderoso del mundo exigió a todos los países que se dejen de fuentes energéticas alternativas y medidas contra el deterioro del medio ambiente y le compren a los suyos más petróleo, que es a lo que se dedican y con lo que ganan muchísimo dinero. Al menos el tipo no fingía a la hora de sermonearnos que él y los de su calaña quieren ganar más y más dinero a costa de quien y lo que sea, además de que el futuro les importa una mierda. De qué, si no, organiza a capricho ataques y guerras con tal de proporcionar negocios a los fabricantes de armamento de su país.

Hasta aquí las posiciones son más o menos claras, denunciables e incluso despreciables, lo que cuesta más entender es el posicionamiento en contra del cambio climático, su silencio respecto al ambiente guerrero que hoy impera en todo el mundo es puro complejo de inferioridad, de gobiernos, derecha conservadora y extrema derecha de toda factura. Su falta de compromiso, concordia o solidaridad es sobrecogedora, porque solo alguien muy estúpido o, en cambio, aquellos que como decía más arriba pretenden seguir enriqueciéndose a costa de la desgracias ajenas puede mentir, acusar, despreciar y señalar a quienes hacen su trabajo preocupándose por los demás. Sin ofrecer nada a cambio, y esto último sí que es desolador.

Claro, más sorprendente aún es que estos parásitos tengan quien les crea y siga. Quizás se trate de gente sin descendencia y una situación económica holgada a quienes importa un pepino lo que venga después de ellos, en ese caso su posición tendría todo el sentido, es cierto que algo egoísta pero damos por hecho, y nos gusta hacerlo, que no somos todos iguales. Pues eso. Más difícil de entender es el apoyo de personas con descendientes y/o medios económicos justos, y ni siquiera eso; bueno, igual piensan que si lo del cambio climático es cierto al final nos afectará democráticamente a todos, como debe ser. Y si en la actualidad son incapaces de mover un dedo por ellos y los suyos qué puñetas les importa el futuro de la humanidad.

Publicado en Sociedad | Deja un comentario

Los árboles y el bosque

Los chavales, cada vez más jóvenes, se dedican a ver porno y los adultos -también los padres de aquellos- acuden a sudar al gimnasio o practican deportes de riesgo que les ponen los niveles de adrenalina por las nubes; lo necesitan. Cada vez hay más gimnasios, recónditos rincones donde aventurarse con total desconocimiento y establecimientos especializados ofertando preparaciones, entrenamientos o coaching más y menos personalizados, todo ello para que unos adultos ansiosos por verse guapos y en forma se dejen dinero y tiempo, por ese orden. Queda saber si lo hacen por salud o porque les gusta gustarse, también porque disponen de un incómodo tiempo que no llega a libre y hay que rellenar de algún modo. Se trata de estar a la última, como también es probable que tengan mascotas, algo que, curiosamente, jamás habrían pensado, pero es que ahora vas a la playa y hay más mascotas tirando de dueños que personas. Luego algo habrá que hacer.

Mientras, los chavales aprenden a poner anteojeras a su imaginación sexual con un porno muy masculino en el que la hembra -mujer- luce como objeto humillado y sometido, y además le gusta. Una sierva rendida -una garantía-, tal que toda la vida, adoradora incondicional de los atributos masculinos -en singular-, consciente de su papel de suministradora de placer a petición;  porque está muy bien que se pliegue a lo que él quiera, y si es preciso hacerle sentir humillado -su deseo más oculto-, pero no que sea ella quien decide y desea, solo faltaba que te folle un tía cuando a ella le apetezca. Sueños y deseos para los que les viene muy bien una IA que en el porno avanza a pasos agigantados, ofreciendo hembras a la carta adoradoras de penes más que descomunales -el sueño de cualquier humano macho- que jamás enflaquecen. Hay futuro, incluso puedes confeccionarte la mujer que deseas, con las proporciones que más te excitan, y a poco que unas gafas virtuales te hagan creer que la tienes a tus pies adiós a las mujeres de carne y hueso. Menudo alivio.

Aunque viendo cómo su mueven los robots que están fabricando los chinos -por aquello de las celebraciones del reciente año nuevo; asombroso-, tal que personas de carne y hueso, la cosa pueden mejorar hasta el punto de que a poco que la IA consiga dominar y exhibir más movimientos y acciones -como todo, cuestión de tiempo- bastaría con forrarlos de carne/plástico en plan Terminator  y mandar las gafas virtuales al cubo de la basura. La tendrías allí mismo, cañón, como a ti te gusta, sonriente y siempre dispuesta. Ni me lo imagino.

También viene sucediendo que en este no decidirse por sí mismos de los jóvenes, solitarios, atemorizados y desconfiados, necesitados de ayuda, en este caso no sexual -todavía bisoños-, los hay que ponen la vista en los animales -pobres; los animales-, pero no como mascotas, sino algo más espiritual -está de moda-, identificándose con un bicho -a saber- con el que afirman comunicarse, sintiendo lo que el bicho siente e imitando sus ruidos y gestos, también moviéndose a cuatro patas –qué mejor identificación. Imagino que Darwin jamás habría podido prever esta curiosa evolución de la especie, aunque dudo si puede denominarse evolución, retroceso o estulto aburrimiento, algo en lo que gastar el tiempo sin pensar en nada complicado y sin menoscabo de un socorrido e impagable amor propio.

Culpa de los adultos abrasándose en los gimnasios -no entienden a sus vástagos porque nunca les interesaron, solo querían quitárselos de en medio-, más preocupados ahora de sí mismos y de las excitantes experiencias que les proporciona su cuerpo, que nada tienen que ver con el sexo -¡ojo!-, sino mucho más cómodas y asépticas, sin la necesidad de relacionarse con otra, u otro, de forma íntima -¡uf! Siempre es mejor admirarse a sí mismo en el espejo que decirle te quiero a alguien que conociste en la calle y de quien no sabes nada. Además, para los huecos temporales de estos adultos hechos y derechos la IA -bendita IA- viene propagado a los cuatro vientos infinidad de aplicaciones que tratan y modifican, tanto hacia adelante como hacia atrás en el tiempo, fotografías que el usuario pone gustosamente a disposición del voraz aprendizaje de esta inteligencia depredadora y sus “tecnodueños” -bueno, siendo realistas, los depredadores serían estos últimos, no aquella. De ese modo puedes ver mucho mejor, y hasta saludar, porque la imagen lo hace, como si viviera, a alguien que ya no existe, provocando en el sensible consumidor unas tiernas lágrimas de cocodrilo que le dejan muy relajado, aunque tal vez un poco más idiota de lo que ya era antes.

En fin, que entre gimnasios, deportes de riesgo, animales -perdón, seres sintientes-, sexo a la carta -nada de virtual- y la consiguiente y cada vez más presente IA tenemos bastante con lo que entretenernos. Hay tantos árboles que admirar que estamos perdiendo de vista el bosque.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Lo que toca

Sin que nos demos cuenta acabamos pensando que el mundo comienza con nosotros y en el fondo llevamos razón, porque, de buenas a primeras, aparecemos aquí sin que nadie nos haya preguntado, y desde ese momento y como recién llegados solo existen presente y futuro. El presente es uno mismo, ahora, el futuro se ofrece como posibilidad, una perspectiva a la que intentaremos dar forma en la medida de nuestras posibilidades, y capacidades. También existe el pasado, lo que había antes de que nos trajeran aquí, del que iremos teniendo noticias en primer lugar por los que ya estaban, sus palabras y sermones, sus actos y una realidad hecha y derecha que, nos parezca mejor o peor, tendremos que aceptar y adaptarnos a ella si queremos que ese futuro en el que armar proyectos se vaya pareciendo a los deseos de ahora.

Entre sueños, planes y proyectos, también vivir, no vemos en principio nada en nuestra contra, es lo que hay y debemos aprender a movernos y utilizarlo preferiblemente en nuestro favor. Pero a medida que vamos viviendo, y creciendo, y en ocasiones viendo cómo se esfuman algunos sueños, o directamente fracasando, se nos irá ensombreciendo el semblante en contra de nuestra voluntad, de la que habremos de echar mano para poner, como suele decirse, al mal tiempo buena cara. Y probablemente sea cierto que hay personas que son capaces de sobreponerse a los acontecimientos y mostrar una sonrisa hasta en los presentes más oscuros.

La realidad nos irá envolviendo poco a poco y modificándonos, cambiándonos el carácter, también agriándonoslo. Sabremos de la historia y su decurso, del progreso y de que con el transcurso del tiempo todo va a mejor, sobre el papel, porque si llegamos a interesarnos en la historia y  el progreso probablemente nos decepcionen, ya que ambas son realidades tan subjetivas que según donde se dirija la vista se advertirá progreso o más de lo mismo, también peor, o lo que nunca antes había ocurrido. En definitiva, se trata del tiempo que nos ha tocado vivir, y en algún momento de la vida sabremos que el nuestro también se acaba, en algunos casos de forma intempestiva e inesperada, y hasta violenta, sin que en nuestro último instante podamos mover un solo dedo, o siquiera abrir la boca.

En este devenir histórico en el que acabamos inmersos se producen tanto avances como retrocesos, y es falso que exista una corriente progresista que todo lo arrastra hacia un final idílico o meta, se trata más bien de un movimiento a trompicones con sus paradas, errores y estrepitosos fracasos, porque, a día de hoy y según nuestro conocimiento, el tiempo es imposible que vaya hacia atrás, pero la humanidad sí.

Así que, al extraño y ya no tan nuevo en este mundo solo le queda asumir que no hay proyecto colectivo alguno, sigue sin saber si principio y cada vez le importa menos el final -como sí existe para las vidas individuales, incluida la suya-; se trata de una interminable sucesión de generaciones de la que pueden obtenerse algunas enseñanzas comunes o simplemente la corroboración de que lo mejor que puede hacer cada cual es mirar hacia otro lado, dedicándose en exclusiva a lo suyo. Permanece, en síntesis, una especie asediada, o agobiada, por miedos y temores ancestrales, inseguridad y ansiedades de todo tipo, además de proclive a exhibiciones de poder sin medida por parte de algunos, o muchos de sus representantes, sin que importen las épocas. Quedaría una especie de fe como alimento, también en la especie -siempre hablando de la vida que vivimos todos, no de anhelos o desviaciones espirituales-, sucedáneo de resignación que sirve para todo, tanto en el plano individual como en el colectivo.

Por todo ello no es extraño que flote en el ambiente una sensación de fracaso de la que es difícil desembarazarse, dejando al albur a millones de individuos tan desorientados como perdidos, pequeños y mezquinos, la gran mayoría a la búsqueda de una tabla de salvación que viene a demostrarles que ellos nunca fueron dueños de nada, tampoco de sus propias vidas -lo que faltaba, nos traen sin nuestro consentimiento y después nos atan de pies y manos-. Queda un dejarse llevar o, olvidándose de todo, también de sí mismos, auparse a una corriente favorable, da igual su tendencia y dirección, y al menos sentirse por primera vez en la vida perteneciendo a algo, moviéndose a favor,  de qué o hacia dónde tampoco importa, pero acompañados de otros muchos. Y al menos sonreír si la corriente es la buena, la que saldrá adelante, es cierto que a costa de otros con menos fortuna. Solo queda la mala suerte, haber nacido en mal momento y lugar o en un tiempo equivocado.

Esto no es como queremos, tampoco como en algún momento de nuestras vidas nos imaginamos, meras ficciones. El mundo ya era antes y cada uno de nosotros otra insignificante partícula más, nunca fuimos centro de nada. Sin embargo, y esto es igual o más interesante, todo lo dicho no significa que, por el hecho de haber nacido y aún estar aquí, no podamos elegir qué, cuándo, cómo y dónde, hasta el instante, incluido el último.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario